21 de Octubre de 2018

Opinión

Rumbo al sol

Elena Larrea y Pilar Cámara nos hacen falta en días como éstos; en los que el teatro se multiplica por la ciudad y al fin empezamos a construir comunidad.

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Hay mujeres gigantes, que no venden su corazón a la política ni intercambian sus sueños artísticos por sillas que ostenten cargos que las ponen por encima de muchos burócratas, pero muy debajo de sus espíritus artísticos: mujeres enormes cuya vida estuvo cuajada por la generosidad. He conocido algunas de ellas,  he aprendido y reído con y de ellas.

Ahora que celebramos el teatro -en esta excelente iniciativa de la Sedeculta- pienso en Elena Larrea y Pilar Cámara. Elena fue actriz y Pilar artista visual. A ellas me unen extraordinarios procesos de creación artística, obras de teatro y afinidades artísticas que a veces se bifurcaban pero nunca llegaron a separarse. Pienso en ellas porque eran mujeres que venían de importantes familias yucatecas, por su sensibilidad finita y su libertad respirable, que muchas veces me hizo soñar ser como ellas.

Con Pilar compartí la creación de un espectáculo didáctico sobre el pintor catalán Joan Miró. Una delicia compartir sus conocimientos y convertirlos en teatro. Alguna vez la vi con unos aretes preciosos y, al comentárselo, se los quitó de inmediato y me dijo: Te los regalo. Así de generosa era Pilar. Con Elena compartí la creación de un espectáculo colectivo alrededor de la mujer y su imagen, ella siempre ponía todo lo que tenía para estar y crear. En el Cecuny compartimos talleres, ideologías y sueños porque los niños se acercaran al arte y éste se volviera parte de su proceso vital. 

A Pilar se la llevó un accidente, su repentina muerte me dejó muda. Extraño su risa, su manera tan directa de decir las cosas y su maravillosa capacidad para aprender algo nuevo siempre. A Elena se la llevó el cáncer, su muerte dejó adolorido el corazón de Paco Marín, Oswaldo, Laura e infinidad de amigos que la admirábamos como actriz, pero principalmente por su ser tan luminoso que ella identificaba con las mariposas.

Ellas nos hacen falta en días como éstos; en los que el teatro se multiplica por la ciudad y al fin empezamos a construir comunidad. Me gustaría que estuvieran aquí, mostrarles los rencores que al fin cayeron de mi corazón y cómo esas pasiones hoy sólo sirven para la escena -algo que ellas siempre me aconsejaron y mi juventud rebelde no me permitió entender-, compartir los foros nuevos, el teatro y la vida.

Pero esas mariposas emprendieron su vuelo al sol hace algunos años. Por ellas también es que hoy valoro un poco más la vida, soy menos cobarde, más fuerte. En el Día Internacional del Teatro, las extraño. Quizá en alguna vuelta de sol vuelva a encontrarlas y podré decírselos ala a ala.

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