19 de Septiembre de 2018

Opinión

Sálvese quien pueda

Aunque para algunos representa una sana y oportuna distancia...

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Aunque para algunos representa una sana y oportuna distancia, para otros es una traición. Una especie de “sálvense quien pueda”. Esto, en referencia a fotografías, tuits y declaraciones de quienes son ligados al borgismo.

El diputado federal José Luis Toledo Medina, “Chanito”, recientemente suscitó especulaciones y rumores con la foto en que aparece junto al gobernador Carlos Joaquín González, por aquello de que el ex mandatario es su amigo y, en cierta forma, su guía político. Horas después él mismo aclaró con elocuencia y diplomacia dicha relación.

Días después, el diputado Raymundo King de la Rosa, otro vinculado a Borge, reconoció en Twitter “el grave error que nos costó el gobierno” la reingeniería administrativa del quinquenio pasado, en un debate por los supuestos despidos masivos instruidos por los actuales servidores públicos.

Ambos episodios eran impensables hace meses, cuando el adversario tenía otro nombre y apellido. Precisar los hechos es colocar las cosas en perspectiva, labor imprescindible para ejemplificar el “efecto estampida” en gran parte del oficialismo de antaño, integrado por Nueva Alianza, Verde y PRI.

La estrategia es bastante clara: para los escapistas, el “ex” y su equipo más cercano son los culpables de todo, aunque los mismos no dudaron en sumarse al “quintanarroísmo” o la “guerra sucia”, por recordar dos armas empleadas por los entonces soldados.

La operación no sólo ha incluido desapegarse físicamente del anterior, también de sus ideas. Claro está, porque no es una discusión de principios, sino de sobrevivencia; por lo que calificar estas acciones como felonía, es incorrecto para muchos.

Porque para no pocos analistas es la hora de los consensos, la reconciliación y la operación cicatriz, donde es necesario adaptarse a las premisas del cambio, unir esfuerzos en temas de beneficio común, así como despojarse tanto de filias como de fobias que resultaron contraproducentes para conseguir el fin último. 

Incluso, podemos estar presenciando la política de los acuerdos, la “concertacesión” sin la carga peyorativa del concepto, caracterizada por la negociación entre los actores más relevantes del estado, con base en la ausencia de mayorías absolutas y la necesidad de consolidar la estabilidad. Y en este sentido, la deslealtad es teóricamente inexistente.

Por todo lo anterior, y sin que nadie pretenda excusar a los protagonistas más visibles, el diálogo abierto es inevitable para superar el trance; sobre todo, cuando en el oficialismo están entendiendo que solos será difícil concretar los objetivos trazados al calor de la contienda.

Así, el “sálvese quien pueda” pareciera aplicarse más en los niveles subyacentes, particularmente en el ámbito administrativo, donde no faltan quienes justifican “cumplían órdenes de los antecesores”, aunque innumerables iniciativas fueron a título personal. Ello, pues, tampoco debiera ameritar condena, aunque sí conviene evidenciarlo.

En un ambiente en que se pretende desterrar toda “herencia borgista”, la lógica empieza a imponerse. Al fin y al cabo, es la dinámica del poder. Los políticos, sin duda, viven del presente.

Desorbitado

La fecha se presta para este sentido figurado: mientras ciertos políticos son sepultados, algunos agonizan y otros resucitan. Es que los ideólogos de la transformación están arrancando prácticas de raíz, llevándose con ellas a los progenitores de éstas, en tanto recurren a quienes debieron permanecer en la clandestinidad o el exilio durante años para no perturbar a los que ostentaron el mando hasta hace poco. 

Lo mismo ocurre en la administración pública, que en la academia, el deporte, el sindicalismo y la comunicación.

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