24 de Septiembre de 2018

Opinión

Ser un juez encapuchado

Peor es ver con qué frecuencia hay gente que se muestra orgullosa de hablar con total desconsideración, sin un mínimo de piedad.

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Todos los días tenemos la oportunidad de ver cómo los seres humanos son juzgados por sus semejantes; en alguna medida nosotros también lo hacemos, ya sea al opinar sobre el desempeño de un compañero de trabajo, al referirnos a nuestros padres o al hablar de nuestros hijos. La realidad es que acabamos transitando por el mundo juzgando a todas aquellas personas con las que entramos en contacto y en ocasiones llegamos a tal extremo en nuestra osadía que nos sentimos con pleno derecho y conocimiento a juzgar las acciones de personas a las que en realidad conocemos muy poco o que incluso nunca han tratado con nosotros.

Hace ya muchos siglos, Protágoras afirmaba: “El hombre es la medida de todas las cosas” y por supuesto es desde nuestra propia humanidad desde donde nos elevamos como jueces de aquellos que se han cruzado en nuestro camino, es a partir de mi visión particular del mundo que acabo juzgando todo lo que acontece a mi alrededor. Si bien todo hombre y mujer auténticos deben ser fieles a sus valores y forma de pensar, ello no les confiere la autoridad o el derecho para juzgar con pretensiones de infalibilidad la conducta de otro ser humano; la razón primaria y principal para no caer en esto es que, al no ser perfectos, corremos con frecuencia el grave riesgo de equivocarnos en nuestros juicios.

Aun con la posibilidad de ser completamente exactos y justos en lo que concluimos sobre otras personas, debemos tener en cuenta aquello que sabiamente explicaba el papa Paulo VI: “Una verdad dicha sin piedad es menos verdad”, es por eso que cuando escuchamos de alguien el consabido: “Mira, te voy a decir la verdad”, casi siempre hemos de esperarnos alguna grosería o una feroz crítica dicha sin la más mínima consideración.

Aún peor es ver con qué frecuencia hay gente que se muestra orgullosa de hablar con total desconsideración, sin un mínimo de piedad y al mismo tiempo sentirse muy satisfecha y presumir por todos lados que su agresividad y falta de tacto se deben a que son unas personas muy sinceras, como si el ser sincero implicara ser agresivo, majadero y vulgar.

A pesar de todo esto, muchos de nosotros nos lanzamos alegremente a criticar a todas aquellas personas que se nos cruzan por la vida, en la mayoría de esas ocasiones sin siquiera tener todos los elementos necesarios para elaborar un juicio justo y honorable; en pocas palabras, no elaboramos juicios sino simplemente damos rienda suelta a nuestras pasiones, de acuerdo con nuestro estado de ánimo, atendiendo a lo que nos ha venido a contar una u otra persona, dando por hechos situaciones que no nos constan de manera directa y sólo sabemos de oídas o a través de la muy particular visión de otro ser humano.

Y como un Hércules todopoderoso, señalamos con dedo flamígero los errores y miserias de aquella persona blanco de nuestras críticas, ataques y burlas, cuando en realidad desconocemos de la manera más absoluta qué es lo que guarda en el corazón ese ser humano. Ciegos a sus motivaciones, dolores y esperanzas, atacamos descargando en él nuestra hercúlea agresión y olvidamos que no necesariamente sabemos la verdad de todo lo que creemos saber.

Más infame es la agresión, más vil y rastrera, cuando no se tiene siquiera la dignidad de manifestarse públicamente y se recurre al cobarde anonimato para agredir y denostar. Nos erigimos en jueces encapuchados, dispuestos a ser verdugos de aquellos a los que con inusitada crueldad condenamos, sin concederles siquiera el derecho de saber quién es el que los acusa. Tiramos la piedra y escondemos la mano, esa misma piedra de la que Jesús dijo: “El que esté libre de pecado que lance la primera piedra”.

Y es que se nos olvida algo de lo más vital e importante: no solamente juzgamos la mayoría de las veces sin tener todos los elementos para hacerlo de una manera justa, sino que también tenemos errores por los cuales seremos juzgados. Por algo en la oración de Jesús se dice: “Perdónanos como también perdonamos a los que nos ofenden”. Sepamos que la piedad con la que emitamos nuestros juicios será la misma piedad que merezcamos al ser juzgados.

No por nada en el evangelio de Lucas se lee: “No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados” y todo ello a pesar de sentirnos un anónimo y todopoderoso Hércules que cree tener la verdad y la justicia en sus manos y se olvida de su propia fragilidad humana.

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