23 de Septiembre de 2018

Opinión

Ser y estar

Una madre está en la vida de sus hijos a pesar de que ellos se encuentren ya casados y viviendo en otra ciudad o país.

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Según la Real Academia Española una de las primeras acepciones para la palabra “ser” la identifica como un verbo intransitivo que significa haber o existir, de la misma manera identifica al vocablo “estar”  como un verbo intransitivo que significa permanecer o hallarse con cierta estabilidad en un lugar, situación o condición; como podemos ver tiene mucha razón una conocida canción que afirma: “No es lo mismo ser que estar, no es lo mismo”. 

Efectivamente ser y estar son situaciones muy distintas, aunque en algunos otros idiomas no se haga distingo entre ellas; al menos el nuestro posee la suficiente riqueza para reflejar una muy fina y esencial diferencia en nuestras vidas.

Estás dos particularidades esenciales en nuestra vida siempre se manifiestan en relación con algo; dicho más claro, somos y estamos por la manera que nos relacionamos con lo que nos rodea, así somos hijos por la relación existente con nuestros padres o con la familia, somos estudiantes cuando estamos en relación con algún sistema educativo, estamos vivos cuando nos relacionamos con la existencia y estamos muertos cuando no hay esa relación; así surge una característica esencial para el ser humano: la relación con el mundo circundante la que nos define plenamente como humanos si somos y estamos.

Por esta razón es que nosotros para llegar a ser plenamente humanos debemos esforzarnos en ser y estar; en ocasiones parecemos olvidarlo y así podemos encontrarnos personas que “son” padres porque han traído a la vida a sus hijos, pero no “están” presentes en su vida, pueden incluso trabajar y esforzarse en que tengan una casa adecuada, comida, escuela, atención médica y sin embargo nunca “estar” presentes en la vida de sus hijos más que indirectamente, la presencia en la vida diaria es un factor fundamental no sólo para el desarrollo sino también para la felicidad de nuestros hijos.

Alguno de nosotros podrá ser maestro por alcanzar el grado de estudios necesarios para ello, por trabajar en alguna escuela impartiendo alguna asignatura; podrá “ser” cuando menos en cuanto a lo formal y lo legal, pero si se limita a recitar una serie de conocimientos a sus alumnos o incluso si los enseña a razonar, ser críticos y trasladar el conocimiento a situaciones nuevas, eso no significa que realmente “esté” como maestro en la vida de sus alumnos, porque para “estar” requiere volver parte de la vida de sus discípulos no sólo la ciencia, la técnica y la habilidad sino también el sentido del bien, la recta y honrada utilización de los conocimientos para generar el bien, tanto para sí mismo como para quienes lo rodean.

El maestro que “está” en la vida de sus alumnos compartirá sus esperanzas, sus miedos y anhelos y aun cuando físicamente ya no “esté” con ellos permanecerá a su lado a través del tiempo y la distancia; de la misma forma que una madre está en la vida de sus hijos a pesar de que ellos se encuentren ya casados y viviendo en otra ciudad o país; en manera semejante a como los esposos, alejados por motivos de trabajo, pueden estar uno junto al otro a pesar de la distancia. Y es que si bien la presencia física forma parte fundamental de “estar”, no debemos de olvidar que “estar” se da en relación con otro y es la manera en la que llevemos esta relación la que definirá si “estamos” en la vida de los demás o no.

En el matrimonio podemos “ser” esposos si hemos pasado por un ritual civil o religioso que así lo certifique, compartir la casa, incluso a los hijos y a pesar de ello no “estar” como esposos en la vida de nuestro cónyuge; para “estar” se tiene que compartir algo más que la piel, es necesario disfrutar juntos las alegrías y llorar uno junto al otro las penas, porque es en la conexión íntima de las motivaciones de nuestras vidas donde se encuentra la comunión de pareja que no sólo brindará seguridad emocional a nuestra esposa o esposo, sino alimentará su cuerpo y su alma en la fascinante labor de irnos construyendo como humanos. 

De ninguna manera podemos desmerecer el ser, porque para estar primero hay que ser; no puedes “estar” como padre, maestro, o esposo, sin primero “serlo”. Lo que es cierto es que para poder llevar a plenitud cualquiera de estas relaciones y en general la plenitud humana, cada uno de nosotros ha de vivir integralmente ambas: ser y estar en armonía son las dos piernas sobre las que ha de elevarse el ser humano para vivir en plenitud.

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