20 de Septiembre de 2018

Opinión

Servicio mata carita…

Darse a sí mismo de forma íntegra es lo que realmente vale al momento de servir en cualquier nivel. No existe la sangre azul, ponte a trabajar si quieres trascender.

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Muy ad hoc en estas fechas de reflexión y conteo de alcances obtenidos en el cotidiano actuar, contrastantemente se me vienen a la mente los siete pecados capitales: soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula y pereza. ¿Quién no se ha topado con “el pequeño de al lado”, que con frecuencia presume y se jacta con irreverente soberbia y aspavientos estereotipados por presunto excelso servir, sin darse cuenta de que sus acciones sólo envilecen su ser con “pírricos” logros?

Como pacientes, en ocasiones valoramos incluso más el servicio que se nos ofrece, la calidad de éste, la facilidad para adquirirlo o recibirlo que el propio producto. El servicio es prestar asistencia a quienes necesitan ayuda. Por cierto, allende letras plateadas sobre mármol y pisos pulidos.

Todos los días podemos realizar grandes y pequeños actos de excelencia. Nunca debemos dejar de atender a nadie  por considerar que es muy poco lo que podemos hacer con escasas monedas. Emulando a maestros de la medicina yucateca, debemos sacrificarnos y prestar apoyo a cualquiera, sin necesidad de folios que amenazan la razón. Cuánto vedetismo dirían en los 70, al ver películas de “ficheras”.

A lo largo de la vida, todos dependemos de otras personas. Muchos de nosotros hemos necesitado protección durante una enfermedad o hemos necesitado dinero durante una crisis económica. Luego entonces, darse a sí mismo de forma íntegra es lo que realmente vale al momento de servir en cualquier nivel. Despierta iluso, no existe la sangre azul, ponte a trabajar si quieres trascender y lo digo yo, con conocimiento de causa.

Regresando a los pecados capitales y agrestes obstáculos por evitar servir a semejantes, te recomiendo, según quede el traje, alejarte de la avaricia y no hacer negocios turbios; despójate de la ira cuando te sacan de tu espacio de confort, y que la pereza no te haga presa. Esa potencial falta de actividad con ceguera de taller podría conducirte a la lujuria, con escapes y alejamiento de responsabilidades contraídas. Finalmente te aseguro que la envidia insana al ver a “David” achicando al cretino “Goliat” puede orillarte al precipicio de la ignominia.

Concluyo estas reflexiones sobre el servicio, sin pensar en carencias y resistencias de los insignificantes de corazón y acción, pues: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. El nivel o tamaño no importa, sino el deseo de luchar y arrancar una sonrisa o un gracias a quien deposita la confianza y su vida en el segundo nivel, peldaño de excelencia humana. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

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