25 de Septiembre de 2018

Opinión

Si se acaba, se acaba

Es importante tener en cuenta que los hidrocarburos en realidad no se producen sino que existen en la naturaleza en una cantidad finita.

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Uno de los argumentos en favor de la iniciativa de abrir la industria petrolera al capital privado que más me llaman la atención es el que sostiene que de esa manera se podrá incrementar la producción de hidrocarburos. En principio parece muy convincente, pues si la asociación del capital privado y el gobierno es en efecto más productiva que lo que Pemex puede ser por sí mismo, ésta podría significar un beneficio económico para el país y sus habitantes. Sin embargo, la condición de recurso no renovable del petróleo invita a otras reflexiones.

Es importante tener en cuenta que los hidrocarburos en realidad no se producen. No se generan a partir de otras materias primas, sino que existe en la naturaleza en una cantidad finita. Cuando el gas natural y el petróleo que hoy existen se acaben no habrá forma de obtener más. No al menos en algunos millones de años.
Al decir que producir más es una ventaja, lo que en realidad se está diciendo es que lo mejor para México sería acabarse estos recursos lo más rápidamente posible, pues esto dejaría más dinero en lo inmediato.

Sin embargo, la idea de obtener las mayores ganancias en el presente a cambio de agotar las riquezas que tendrían que sostener el desarrollo futuro del país no parece tener mucho sentido.

En el caso del petróleo y el gas natural, el ritmo deseable de su consumo sólo puede valorarse teniendo en consideración las necesidades internas que de estos recursos tendrá México en el próximo medio siglo, plazo antes del cual es poco imaginable que sea sustituido por otros energéticos. Optar una ganancia pronta -que además está condicionada a que en efecto la inversión privada de los resultados deseados- sacrificando recursos naturales que serán después indispensables para las actuales y las próximas generaciones es una equivocación.

Consumir nuestro petróleo lentamente, si además se reforma la administración de Pemex como empresa pública, puede ser el camino para, por una parte, garantizar la disponibilidad de recursos en el futuro y, por otra, desarrollar las tecnologías propias que se necesitan para no requerir cambiar ganancias por inversión.
No caigamos en la tentación de una privatización que, tal vez, sea pan para hoy, pero que, sin duda, será hambre para mañana.

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