22 de Septiembre de 2018

Opinión

Ese silencio agresor

Las personas que discuten pueden presuponer que los demás tienen que hablar para poder defender sus argumentos. Algunas veces la gente opta por manifestar su inconformidad con silencio.

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La palabra más soez y la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio.- Nietzsche

Las personas que discuten pueden presuponer que los demás tienen que hablar para poder defender sus argumentos. No obstante,  a veces la gente opta por manifestar su inconformidad con su silencio. 

Quien actúa así, lo hace muchas veces como una muestra de impotencia para poder defender su postura con la fuerza de la palabra hablada. Su silencio es una muestra de inconformidad y, más aún, de desprecio hacia el interlocutor. El emisor puede pensar que ese silencio corresponde a enojo convertido en desprecio, por no poder hacer valer, mediante la palabra hablada, su razón. 

Muchas veces lo que se calla hace más daño que lo que se dice. Refiere la expresión que “quien calla otorga”, sin embargo no siempre es así. En ciertas circunstancias el silencio suele ser más difícil de interpretar que la misma palabra hablada. Igual es del dominio popular que “lo cortés no quita lo valiente”. No porque uno se calle significa que concede.  

El silencio de una persona ante una discusión puede tener varias acepciones. Puede darse el caso de que ante la falta de argumentos se opte por el silencio. Puede también ocurrir que ante la desesperación de no encontrar eco en el interlocutor la persona opte por el silencio. 

Finalmente ocurre que una persona, por su orgullo o intolerancia, opte por el silencio. Decía Miguel de Unamuno: “A veces el silencio es la peor mentira”.

Ante el interlocutor que agrede, el silencio suele ser la respuesta más contundente. El agresor tomará esto como una inconformidad, como una desatención e incluso como una gran respuesta en sentido contrario. El silencio quizá sea la forma más sublime de contradecir al interlocutor. Este silencio suele ser producto de un acto, mitad racional y un tanto visceral. Lo racional se presenta como controlado por la razón, en cambio lo visceral como un acto de carácter, de emociones, no producto de la razón. 

El desamor muchas veces se presenta no como una contrariedad sino como una indiferencia. 

El rostro del desamor suele ser la indiferencia.

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