22 de Septiembre de 2018

Opinión

Solidaridad

Hoy, en medio de un mundo convulso, resulta pertinente practicar el principio de la solidaridad...

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Cada vez que, como ahora, se aproxima la Navidad y nos encontramos de cara al inicio de un nuevo año, es costumbre hablar de valores, muchos voltean a ver a las necesidades de los demás y procuran satisfacerlas de un modo u otro, pero también están nuestras propias necesidades, materiales y espirituales, que debemos atender. En esta época de reflexión, generalmente hacemos propósitos de renovación, de mejora, de progreso.

Hoy, en medio de un mundo convulso, resulta pertinente practicar el principio de la solidaridad. En sociología, la solidaridad se refiere a los estrechos lazos que unen a los miembros de una sociedad o comunidad, y que les permite permanecer unidos para alcanzar metas y proteger intereses que les son comunes. Es un término que se refiere a ayudar a otros individuos a quienes se considera semejantes, sin esperar recibir nada a cambio.

En el ámbito internacional, un caso emblemático como el de Aleppo causa consternación en todo el planeta. Ese y otros conflictos están forzando una migración inusual de personas que claman por recibir y sentir la solidaridad de los países próximos e incluso de algunos más lejanos, quienes definen estrategias para acoger refugiados, o rechazarlos, o simplemente permitirles el paso temporal a través de su territorio, son diferentes respuestas a un mismo llamado.

En lo local, tenemos en México una creciente desconfianza entre nosotros mismos, fundada en dos de los más dañinos males de nuestra sociedad: corrupción e impunidad, que deriva en generar un individualismo excesivo, un egoísmo que corroe los cimientos de una comunidad, dejándola frágil y vulnerable ante las amenazas actuales. Ante estas circunstancias, se vuelve imperativo oponer la solidaridad como arma y garantía de progreso.

En la encíclica Sollicitudo Rei Socialis (Preocupación Social), publicada por el Papa Juan Pablo II el 30 de diciembre de 1987, ya se señalaba: “Es así que en este mundo dividido y perturbado por toda clase de conflictos, aumenta la convicción de una radical interdependencia, y por consiguiente, de una solidaridad necesaria, que la asuma y traduzca en el plano moral. Hoy quizás más que antes, los hombres se dan cuenta de tener un destino común que construir juntos, si se quiere evitar la catástrofe para todos. El bien, al cual estamos llamados, y la felicidad a la que aspiramos, no se obtienen sin el esfuerzo y el empeño de todos, sin excepción, con la consiguiente renuncia al propio egoísmo”. El hoy santo siempre sostuvo que había que rehacer las relaciones entre personas y países, mediante la construcción de estructuras de solidaridad.

Me parece que cobra renovada vigencia este llamado, esta invitación a practicar la solidaridad tanto en lo social como lo económico y lo ambiental. Sólo comprendiendo la estrecha interdependencia entre los seres humanos, asumiéndonos semejantes, podemos plantear nuevos esquemas de colaboración, interacción y servicio que contribuyan al crecimiento, progreso y desarrollo de todos por igual.

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