18 de Diciembre de 2017

Opinión

Sólido e invencible

Nadie está exento de sufrir en carne propia la insana actitud y comportamiento pernicioso del 'ciego emocional'.

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El domingo pasado, muchos fuimos  festejados por el Día de Padre, entre abrazos, recuerdos, mensajes, comidas y más. Eso me recordó a Violeta Parra y la hermosa canción: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto, me dio el corazón que agita su marco, cuando miro el fruto del cerebro humano, cuando miro al bueno tan lejos del malo…”.

Algunos eventos circunstanciales han reforzado mi necesidad de dar gracias a la vida de forma permanente, más allá de cualquier adversidad. Reconozco que esa chispa,  muchas veces de forma inconsciente, ha sido ignorada por la obviedad; me refiero a la familia,  el trabajo, compañeros, amigos y alguna ilusión que como catalizador multiplica la energía y la vitalidad. Claro, no falta el villamelón que, contrariamente a quienes te estiman, busca e intenta soslayar los pequeños triunfos cotidianos, toda vez que la envidia, soberbia, orgullo y pusilanimidad no los dejan vivir.

Estas últimas personas a las que hago referencia podría decirse que padecen de “ceguera emocional” , ya que por ningún concepto les interesa entender a los demás ni practicar el arte de la empatía. Para ellos, la única persona importante son ellos mismos, viven sin apreciar la nobleza, el compromiso, la nostalgia, el afecto. Para ellos la lealtad, el compañerismo y hasta el amor tienen un sentido unidireccional que exigen como un derecho que les permite satisfacer sus necesidades.

Ah, veo, amable lector, que ya se le vino a la mente “alguien” dentro de algún área de su vida. Sin duda en lo laboral abundan, ¿quién no recuerda al superior o funcionario que, a través de la envidia, anda tras la búsqueda de la paja, sin reparar en su viga? De estos últimos seguramente usted podrá dar cuenta. Nada tiene que ver lo económico, sólo responden al instinto visceral, que con el paso del tiempo los llevan a la impotencia, frustración, desánimo y a la creencia de ser inferior. ¡Plagados estamos!

Su pequeñez emocional (no física) los hace invisibles y, cual felino herido, se encierran en su madriguera, esperando les llegue el fruto de su intriga. La rabia y la ira acompañarán esta vivencia y mantendrán en una insana dependencia al envidioso del envidiado.

Si hago estas reflexiones es porque nadie está exento de sufrir en carne propia la insana actitud y comportamiento pernicioso del “ciego emocional”. Mantén viva esa chispa que permite vencer barreras, obstáculos y limitaciones. Comparte tu alegría, contagia a quienes están contigo, invítalos a cambiar la historia. Mantén latente todos los días esa ilusión que te hace diferente a los demás.

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