24 de Septiembre de 2018

Opinión

Subibaja

¡La vida es como la rueda de la fortuna: a veces estás arriba; otras veces abajo...! una buena moraleja personal para Rubén.

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Rubén y su hijo Ignacio bajan los cuatro pisos del edificio faltando diez para las seis de la mañana. 

Es febrero en México, D.F., y el frío pela las manos y la cara. Suben al microbús hasta el metro Chapultepec donde comparten estaciones hasta Pino Suárez.  

Rubén continúa hasta Viaducto, donde toma una combi hasta el Hospital. Ahí cubre el turno de elevadorista de ocho a cinco. 

Precariamente apoyado en una silla redonda, de cara al módulo de botones, el amplio elevador es su responsabilidad operativa de lunes a viernes. 

En ese breve espacio móvil la transitoriedad del servicio consiste en la entrada y salida de aquel simbólico limbo, donde el persistente silencio se rompe por instantes cuando escucha el número piso deseado o recibe el agradecimiento de algún pasajero.

Ignacio a su vez trabaja de mensajero interno en una transnacional. Recorre intermitente los diferentes pisos del complejo durante seis horas diarias. 

Después va a la ENEP donde estudia Psicología.

Esa noche, en la salita del apartamento, Ignacio comenta que tiene una tarea escolar: −Con base en la experiencia propia y tomando en cuenta los muchos simbolismos de la vida, debo enunciar una moraleja personal.  ¿A ti qué se te ocurre papá? –pregunta Ignacio con interés.

Rubén se toma su tiempo y aventura enfático: − ¡Me parece que la vida es como la rueda de la fortuna: a veces estás arriba; otras veces abajo...!

Ambos se miran de frente mientras su mente considera el mensaje. Cuando les cae el veinte, sus sorprendidos rostros se descomponen, afectados al unísono por una franca carcajada que estalla en destellos y luces abarcando el espacio.

Rubén sorprendido repasa su enunciado. “A veces estás  arriba…” y se levanta para unirse todo risa al festejo mientras abraza con fuerza a su hijo. 

Ríen hasta las lágrimas. Se ven a la cara y se estrechan de nuevo, disfrutando intensamente aquel mágico instante. La inmensa fortuna de tenerse el uno al otro.  

Satisfecha la emoción, recomponen el estilo y felices continúan la plática. Al despedirse se dan otro abrazo y el beso de buenas noches. 

Cada uno tenderá a calmar la algarabía hasta cerrar los ojos y dormir plácidamente, confiados por saberse en tan buenas manos. Mañana temprano volverán juntos a la vorágine del eterno subibaja propio de la vida citadina.

¡Vaya biem!

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