24 de Septiembre de 2018

Opinión

Sumando esfuerzos y limitando el daño

Hay muchos virus y bacterias nos pueden tomar por sorpresa, sin aviso, y de cuyas consecuencias buscamos a quién echarle la culpa.

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El año pasado, en el  aeropuerto de Cartagena, Colombia, de regreso de una conferencia de reumatología, me llamó la atención el sinnúmero de letreros informativos y preventivos sobre la fiebre por chinkungunya.  Mi primera reacción fue catalogar como exagerado el crédito que se le daba a una enfermedad, que hasta ese día no conocía más que por referencias en la literatura médica, ni mucho menos dimensionaba  su impacto en dicha comunidad. 

Poco faltaba para que este flagelo galopante de salud llegara a México y Yucatán, lo que me obligó a reconsiderar mis superfluos y erráticos comentarios,  a  tan sólo un año de distancia  de mi visita al referido punto geográfico sudamericano. Lo que sí te puedo enfatizar amable lector es que esta novel enfermedad peninsular     ¡no es culpa de nadie! 

Las epidemias son tan antiguas como la historia misma, por lo que me permito recuperar parte del texto publicado por Argelina Mandujano, investigadora de la UNAM:  “Había otras enfermedades epidémicas, eruptivas (erisipela, vejigas, paperas), pulmonares (tosferina, o tos chichimeca, neumonía, pleuresía, tabardillo o tifo exantemático) y gastrointestinales (disentería, diarrea, seguidillas) tercianas o cuaternarias, fríos y calenturas, y por último una que denominaron la bola…”. 

De tal manera que muchos virus y bacterias nos pueden tomar por sorpresa, sin aviso, y de cuyas consecuencias, como seres humanos ante el dolor de semejantes, buscamos a quién echarle la culpa. Pero, como médico, lo que sí les puedo enfatizar es que todos abonamos elementos para que alguna patología se propague y cobre víctimas aquí o acullá.  Viene a mi memoria reciente el lamento de quienes evadieron por cualquier razón el ser vacunados contra influenza, estando en la lista fatídica un servidor. Mi terquedad se tradujo en ser presa de esta infección, llegando a limitarme por más de una semana la neumonía lobar que me postró. Mi necedad pagó el precio de evadir la razón científica.

Por ello, a todos y cada uno de los yucatecos de nacimiento o por amor a esta tierra les pido, como doctor, que sumemos esfuerzos y pongamos nuestro granito de arena con el afán de limitar la propagación de esta fiebre que amenaza con volverse epidémica.  No nos desgastemos en descréditos y maldiciones. Quiero ver tu participación madura y solidaria ante una de las muchas enfermedades que agravian hoy y en un futuro no muy lejano a esta tierra del Mayab. Gracias por sumarte al ejército de ejemplares ciudadanos responsables.  Colaboremos con nuestras vivencias a completar el rompecabezas de esta amenazante enfermedad.

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