24 de Septiembre de 2018

Opinión

Suspiros en 140 caracteres

Los mexicanos somos políticos por naturaleza, aunque nos cueste trabajo aceptarlo. Dentro de su nuestra singular idiosincrasia, en tomar partido y defender una idea hasta el final...

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Los mexicanos somos políticos por naturaleza, aunque nos cueste trabajo aceptarlo. Dentro de su nuestra singular idiosincrasia, en tomar partido y defender una idea hasta el final, nadie nos gana. El problema se encuentra en que, en muchas ocasiones, no hacemos esto con los mejores métodos e intenciones. 

Las redes sociales, desde su tímido auge popular, son la plataforma perfecta para el proselitismo e intercambio de ideas. En sus primeras épocas mexicanas, los usuarios de Twitter se convirtieron en verdaderos voceros de la política (no de la “realpolitik”), dándonos esperanza y una voz que desde hace tiempo carecemos los ciudadanos “de a pie”. 

Puntos de vista, hechos, editoriales y opiniones, se intercambian aún en Twitter y Facebook, siendo el enfoque de la primera –principalmente- la difusión de ideas y máximas, tendiente a generar el verdadero debate en la segunda, su contraparte más social y popular. Bajo esta simple dualidad, la política permeó en la psique nacional y floreció en un intento de sociedad menos crédula, más instruida, o por lo menos, con mayor amplitud de miras. Pero hablamos de México, donde todo lo bueno se transforma en su opuesto, cuando los “grandes” llegan, secuestrando los espacios y monopolizando lo que de origen, era un escenario comunitario.

Los partidos políticos, sus figuras y candidatos, llegaron a las redes sociales por derecho propio, al darse cuenta del potencial de estas plataformas para el proselitismo, pero a diferencia de los ciudadanos “normales”, estos personajes e instituciones no vieron –ni ven- la vertiente de comunicación e interactividad, solo se enfocan en la denostación y los “likes” sin ton ni son. 

El juego político en el internet mexicano dista mucho de la realidad social dentro y fuera de la red. Si bien es cierto que los ciudadanos somos apasionados, una cosa es la aparente solidez que queremos dar a nuestras convicciones políticas, y otra, el uso ridículo y sucio que se emplea en internet para el debate e intercambio de ideas. 

Si mucho se ha dicho sobre la tergiversación de la política en la vida real, en el mundo digital no es diferente. En nuestro estado, tal parece que la falsedades y mentiras no tan verdaderas, combinadas con el chisme y los rumores, son el aderezo que acompaña a la política en Facebook y Twitter, donde los representantes digitales de los institutos, aspirantes y suspirantes, tienen como objetivo primordial de sus 140 caracteres, mantener en la ignorancia ideológica a sus seguidores, pues en lugar de la sana difusión de las ideas, es la denostación y el engaño lo que se publica, “retwetea” y comparte. 

Hoy es cuando 

Tras los resultados electorales en Argentina y Venezuela, en redes sociales se hizo la consabida pregunta “¿y en México cuándo?”, triste cuestionamiento que ejemplifica la nula cultura política de estos usuarios de internet, pues, independientemente de lo que signifique un cambio para cada “cibernauta”, cada tres años tenemos elecciones del calibre que solicitan para crearlo, con personajes tan singulares como el presidente @NicolasMaduro. 

Cierto es que la costumbre del electorado mexicano es sufragar por los partidos más que por los candidatos, pero las redes sociales también pueden servirnos para romper con esa línea mental: aún cuando es obvio que muchas cuentas de los suspirante no son manejadas del todo por ella, podemos tomar como referencia sus “timeline” para hacernos una idea de cómo son estos personajes; analizar el contenido, lo que comparte y cómo se expresa (o permite que se expresen por él). 

Hoy en día, la única ventana más o menos real hacia el interior de la política y los candidatos, son las redes sociales. A pesar de la contaminación que generan los mismos partidos, los “bots” y los deseosos por obtener un cargo de elección popular. Sólo hay que tener la voluntad de leer, dejar de lado los “memes” y recordar que “tweetear” no es lo mismo que votar. 

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