23 de Septiembre de 2018

Opinión

Tanicho

Teatro Casa Tanicho, que Dios guarde como espacio para nuevas generaciones durante muchos años.

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A pocos actores he conocido tan dotados como Francisco Sobero Garavito, conocido desde siempre como Tanicho. La potencia de su voz, su manejo y condición corporal y su memoria eran envidiables. Aparte del cariño, siento que se pierde a una figura fundamental del escenario.

Hace más de cincuenta años, Tanicho estudiaba en la Escuela Andrés Soler de la Asociación Nacional de Actores y, entre sus maestros, recordaba a uno en especial, su formador: Adolfo Ballano Bueno. 

Ballano llegó refugiado a México tras la Guerra Civil Española y, como todos a cuantos México salvó de la muerte o de los campos de concentración, se dedicó a entregar lo mejor de sí mismo. Tanicho era una esponja y permitió que su maestro lo construyera como el actor natural que era, capaz de llenar los escenarios con su voz y con su estampa. La corriente teatral de Ballano Bueno era la de Margarita Xirgu y Cipriano Rivas Xerif. La del bien decir, la que proyectaba la voz para llenar plazas y escenarios. Solíamos decir, cuando los micrófonos en los teatros eran insultantes y heréticos, que había actores de primera porque sólo en la primera fila se les oía y había los Actores de Primera, los que llenaban los teatros con su voz y con su nombre. Tanicho era de éstos y su escuela al estilo de Ballano Bueno buscaba el duende lorquiano. Tal vez su enorme alegría de vivir lo alejó de los sonidos negros también lorquianos, aunque estaba por completo capacitado para llegar a ellos.

Como además cantaba y bailaba espléndidamente, Tanicho vivió desde sus primeros momentos prácticamente encima del escenario. Era su habitación natural y, por ello, no resulta sorprendente que de su casa haya hecho un teatro: Teatro Casa Tanicho, que Dios guarde como espacio para nuevas generaciones durante muchos años. En el cielo, donde está, Tanicho procurará que su casa siga siendo un teatro para continuar habitándola.

Hace unos días se le entregó una placa por sus cincuenta años como actor y, muy poco después, la muerte decidió llevárselo en su plenitud actoral.

Tuve la suerte de compartir la escena con él y el privilegio de que su última función fuera de una obra mía, en la cual yo también participaba. Un accidente, estúpido como todos, se lo llevó. Sin poder digerir su ausencia, me siento en la obligación de rendirle el merecido homenaje.

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