11 de Diciembre de 2018

Opinión

Tanto espiar para nada

El tono de Angela Merkel no deja lugar a dudas: si las futuras revelaciones, cortesía de Edward Snowden, incluyen detalles sobre espionaje contra la propia Merkel.

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Parece que la indignación tras las últimas revelaciones del alcance del espionaje estadunidense seguirá creciendo. No es un escenario fácil para Barack Obama. De aquellos reclamos poco sustanciales o casi simbólicos (como el berrinche de la presidenta brasileña), el gobierno de Estados Unidos ahora ha tenido que lidiar con consecuencias mucho más serias. La reacción de Alemania debe tener especialmente preocupado a Washington.

El tono de Angela Merkel no deja lugar a dudas: si las futuras revelaciones, cortesía de Edward Snowden, incluyen detalles sobre espionaje contra la propia Merkel o su círculo cercano, la relación entre Estados Unidos y la mayor economía de Europa entrará en crisis.

Para desgracia de Obama, su secretario de Estado y el resto del equipo que trata de controlar los daños, lo más probable es que el problema siga complicándose. Dicen los que saben que la siguiente entrega de Snowden probablemente incluirá no solo los detalles de cuántos gobiernos fueron espiados o cómo se hizo dicho espionaje, sino que revelará los contenidos específicos de lo que la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) consiguió.

No es impensable que dentro de algunas semanas conozcamos, por ejemplo, los pormenores de las conversaciones entre altos funcionarios de diversos países alrededor de temas de verdad delicados. México probablemente no estará exento de este tipo de vergüenzas. Basta imaginar lo que significaría conocer, por ejemplo, los detalles de las conversaciones entre Felipe Calderón y las autoridades de Estados Unidos alrededor de la guerra contra el narcotráfico.

El contenido de esas llamadas o correos electrónicos sería, para México, una tormenta política pocas veces vista, tormenta provocada directamente por un programa ilegal y desbocado de espionaje internacional encabezado por Estados Unidos. De ese calibre es el problema.

La pregunta, en mi opinión, es: ¿a cambio de qué? ¿Qué obtuvo Estados Unidos gracias a ese programa de espionaje que ahora le ha dejado tan mal parado en la arena internacional?

Desde el primer momento en que se conocieron las revelaciones de Snowden, el gobierno estadunidense, desde el presidente hasta los legisladores y otros funcionarios, insistieron en que el programa de espionaje de la NSA había ayudado a evitar al menos cincuenta ataques terroristas en Estados Unidos y otras partes del mundo. “Sí”, parece ser el argumento de Obama, “hemos espiado a nuestros ciudadanos y al mundo entero, pisoteando todo tipo de derechos civiles y convenios internacionales. Pero a cambio de ello obtuvimos seguridad”. Si así fuera, el espionaje de Estados Unidos aún sería imposible de justificar, pero sería más sencillo de defender. Al menos habría algún tenue fundamento para comenzar un debate entre la defensa de la privacidad y la procuración de seguridad.

El problema para Estados Unidos es que no parece haber alguna evidencia contundente para de verdad suponer que el espionaje ha ayudado en la lucha contra el terrorismo internacional. En un largo e impecable análisis publicado hace unos días, la organización de periodismo independiente Pro Pública explicaba cómo, de los supuestos 54 casos de terrorismo potencial usualmente utilizados como evidencia para defender el programa de espionaje, solo trece estuvieron realmente relacionados con Estados Unidos directamente. Y de esos trece, ¿cuántos fueron de verdad detectados por el espionaje de la NSA? Aparentemente solo uno: un hombre de San Diego que estaba financiando al grupo terrorista Al-Shabab.

Por supuesto, la NSA insiste en que su programa de espionaje fue fundamental en varios casos más… pero se niega a ofrecer evidencia alguna para comprobar que ese ha sido, realmente, el caso.

Así las cosas, Estados Unidos se ha metido en un embrollo diplomático de magnitud considerable. Y a cambio ha obtenido prácticamente nada, más allá del enorme descrédito que implica un sistema de espionaje que incluye, al parecer, hasta los rincones más íntimos de los jefes de gobierno que, hasta hace poco, se decían aliados de Washington.

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