15 de Agosto de 2018

Opinión

Ted Cruz, emperador

Desde hace casi dos décadas, los conservadores en Estados Unidos han experimentado un proceso paulatino pero constante de radicalización ideológica.

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Para Ciro, con cariño y agradecimiento

¿Alguna vez ha sido usted testigo de un suicido político en masa? Si no, le recomiendo mire hacia el norte. Algo parecido le está ocurriendo al partido republicano en Estados Unidos. Los conservadores atraviesan por una crisis casi sin comparación (y digo casi porque los republicanos ya han sufrido reveses electorales de enorme contundencia en el pasado). Suena como un lugar común, pero en este caso es completamente cierto: en Estados Unidos se vive una batalla por el alma del partido republicano.

Desde hace casi dos décadas, los conservadores en Estados Unidos han experimentado un proceso paulatino pero constante de radicalización ideológica. Desde el año 2000 (pero incluso antes), el fortalecimiento de la derecha cristiana se combinó con un cálculo pragmático: al partido le bastaría contar con el apoyo fanático de una base particularmente reaccionaria para consolidar el poder en ambas cámaras del Legislativo e, idealmente, en la Casa Blanca. En el año 2000, el plan —concebido por Karl Rove, el genio de la estrategia electoral detrás de la carrera de George W Bush— resultó todo un éxito.

El voto ultra conservador fue crucial para Bush en la elección contra Al Gore y, aún más, en 2004, cuando el shock por los ataques del 11 de septiembre habían empujado a la derecha al país entero. Fue entonces que el Partido Republicano comenzó a darle relevancia y escenario a voces que en otros tiempos habían sido marginales; gente como Mike Huckabee, ex gobernador de Arkansas, o Rick Santorum, ex senador por Pensilvania, ambos auténticos fanáticos religiosos que dudan, entre muchas otras cosas, de la evolución para promover, en cambio, ideas como el “diseño inteligente”.

Para 2008, la presión y presencia de las voces de la derecha fueron tales que John McCain, el moderado candidato republicano a la Presidencia, sintió la obligación de escoger como su compañera de fórmula a Sarah Palin, una mujer cuyas credenciales conservadoras eran solo equivalentes a su ignorancia. El arribo al escenario político estadunidense de alguien como Palin fue una clarísima señal de los tiempos por venir: la agenda republicana comenzaría y terminaría en la defensa más irracional de los valores más conservadores del partido.

El triunfo de Barack Obama en las elecciones presidenciales complicó las cosas porque dio entrada a otra variable terrible y poderosa: el racismo latente en la derecha estadunidense. Si a eso agregamos las consecuencias de la crisis financiera de 2009, que dieron pie al surgimiento de ese derivado reaccionario del conservadurismo conocida como Tea Party, el resultado es un cóctel tóxico que a últimas fechas se ha vuelto caldo de cultivo para la defensa de las posiciones más dogmáticas imaginables.

La elección de legisladores apoyados por el dinero y la ideología de los ultraconservadores afines al Tea Party ha vuelto al Congreso de Estados Unidos un ejemplo de disfuncionalidad democrática. El ejemplo ideal es una suerte de perfecto autómata conservador perfecto llamado Ted Cruz. El senador de Texas es un hombre culto y preparado: razones de más para tomar en serio el asalto a la razón que ha protagonizado en el Senado en los últimos meses. La ya mítica intransigencia de Cruz estuvo detrás de buena parte del escándalo de la parálisis de gobierno. Lo peor es que, si por Cruz hubiera sido, las puertas del gobierno de Estados Unidos seguirían cerradas, sin importar las consecuencias. ¿Cómo entender semejante terquedad? La única manera es ponerla bajo la lupa del dogma religioso. Cuando se le mira así, la obstinación de Cruz y los suyos adquiere cierta congruencia. Después de todo, quienes defienden valores religiosos a ultranza no entienden de razones. Por eso, sobra decirlo, se le llama dogma. Para Cruz importa poco que el mundo arda si al final podrá ceñir los despojos a los valores conservadores. Cruz tiene, pues, la certeza de los fanáticos.

Hasta ahí, sin embargo, no hay motivos para sospechar que el Partido Republicano se dirige al suicidio. Después de todo, no hay partido político que se salve de contar con un fanático (o dos o tres) en sus filas. El problema es que Cruz ha pasado de figura marginal y extravagante a auténtico protagonista del conservadurismo. Su opinión y su visto bueno se han vuelto indispensables para otros republicanos. Ahí está el caso de Marco Rubio, el senador latino de Florida que abrigaba esperanzas de pelear por la Casa Blanca, pero ahora se ha visto reducido a seguidor legislativo de Ted Cruz, emperador. Cruz comienza a enfilar ya hacia la candidatura republicana de 2016. El problema es que, por hombres como Cruz, el Partido Republicano ha caído a su nivel de aprobación más bajo de la historia (28% en Gallup). Nominar a un fanático en ese contexto, esa sí que sería una receta para el suicidio político.

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