24 de Septiembre de 2018

Opinión

Televisión en México

Un rico se enamora de una pobre, pero resulta que él estaba comprometido; después de un tiempo descubre la maldad de su prometida, y se enamora de la pobre...

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Un rico se enamora de una pobre, pero resulta que él estaba comprometido; después de un tiempo descubre la maldad de su prometida, y se enamora de la pobre. El antagonista les hace la vida imposible a aquel rico y a la pobre, pero al final superan todos los obstáculos y se casan. Un rico pierde la memoria por un accidente, y cuando despierta, el malo/a de la historia reconstruye su vida y siembra mentiras. Parece ser que hay clichés eternos, que no pierden su efectividad aún tras mascarlos una y otra vez.

La primera telenovela mexicana fue “Senda prohibida” en 1958, donde se presenta a una humilde secretaria ambiciosa y enamoradiza, que a toda costa logra convertirse en amante de su jefe, haciendo que deje a su esposa por ella.

Las telenovelas mexicanas rebasan la repetición o el cliché, y caen en la mediocridad. Con “fórmulas exitosas” copiadas de telenovelas de otros países, plagadas de estereotipos y con absurdas dramatizaciones (como aquella famosa escena de “la lisiada”). La historia de la Cenicienta es representada casi en cada una de ellas, y las enfermedades mortales, pérdidas de memoria y accidentes automovilísticos parecieran requisito de sus argumentos. La norma es sembrar discordia en cada capítulo.

No sólo eso, sino que también marcan los modelos de belleza entre hombres y mujeres, y convierten a los actores en ídolos dignos de veneración. Desembocando luego en la lectura de revistas de farándula, con el deseo de conocer todos los detalles de sus vidas. Y mientras más esposos/as y escándalos tengan, más la fama.

En un país como México, con casi 60 millones de personas en la pobreza, la televisión abierta es la única opción para un gran porcentaje de hogares, lo que deja a su disposición las producciones con contenidos más pobres.

El problema es que las telenovelas se han convertido en el opio de muchas mujeres mexicanas, en su mayoría de escasos recursos. Pues se ven identificadas con ciertos personajes. Además de que gracias a los argumentos sencillos y fácilmente predecibles, las suposiciones son fáciles de hacer, y como público, se asume el papel de “gurú telenovelezco”, apostando que en la próxima emisión Fernando por fin descubrirá que su verdadero amor es Juanita, y Rosa encontrará a Pepe, su hijo perdido, mientras que la arpía de Mariana coloca veneno en la bebida de Fernando. Aumentando la emoción por la espera del siguiente capítulo, donde se confirmarán las predicciones.

Desde jóvenes, las mujeres empiezan con la rutina de pasar varias horas por la tarde frente al televisor, asumiéndose no sólo como espectadoras, sino también como parte de la novela. Adoptan la mentalidad novelera. Conténtate con ser pobre y vivir en los barrios bajos, porque dentro de pocos capítulos llegará tu príncipe moderno, con la cartera forrada de billetes a salvarte y en el último capítulo acabarán casándose. El sueño de tantas mujeres mexicanas. La versión nacional de la ideología hinduista (no te inquietes por el sufrimiento, aguanta todas las penas, porque en la siguiente vida serás recompensado; si en ésta eres pobre, en la siguiente tendrás grandes riquezas).

Las personas no ven telenovelas sólo para entretenerse. Ven telenovelas para construirse otra realidad.

¿Y si las telenovelas no existieran? ¿Y si las mujeres mexicanas aprovecharan más su talento y persiguieran sus propios sueños? Quizá sólo pasará cuando cada una deje de tener tanto interés por la farándula y decida escribir su propia historia.

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