22 de Julio de 2018

Opinión

Temor al efecto dominó

Graco Ramírez dice sin tapujos que los distintos grupos que están haciéndola de tos en Michoacán, Guerrero y el DF tienen vasos comunicantes con organizaciones guerrilleras.

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Es comprensible que los normalistas rurales de Ayotzinapa recordaran el viernes a sus compañeros Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús, asesinados en la autopista México-Acapulco el 12 de diciembre del 2011 al parecer por policías, ya que los dos únicos agentes procesados fueron absueltos y los homicidas continúan impunes.

Se ve que digieren bien las lecciones de salvajismo que les han impartido sus contlapaches de la coordinadora de maistros guerrerenses, manifestándose como pandillas de vándalos. 

En el recordatorio, que simbolizaron con dos ataúdes negros, destilaron sin embargo una cachetona ruindad porque les faltó una tercera caja: la de su víctima Gonzalo Miguel Rivas Cámara, el empleado de la gasolinera que incendiaron y a quien, en su heroico intento de apagar el fuego, le provocaron quemaduras de tercer grado (tórax y cara) que le causaron la muerte. 

Deformados ideológica y políticamente con himnos revolucionarios vetustos (en los 70 ya eran viejos) y cacareadores de consignas pancarteras y panfletarias, los de Ayotzinapa tienen vasos comunicantes con otros lamentables futuros “profesores” de las normales rurales de Michoacán y con los profes coordinados que disienten de lo que sea (incluida la vocación magisterial).

También tienen contlapaches en las coordinadas policías comunitarias de Guerrero y hasta en impresentables clasemedieros de la capital del país: lo mismo en los encapuchados que acampan en la Torre de Rectoría de la UNAM que en sus solidarios de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, así como en una turbia variedad de agrupaciones “civiles” que medran con la patraña de que defienden los “derechos humanos”.

Cada uno de los grupos referidos (la corrosiva coordinadora de maistros opera sobre todo en Oaxaca pero tiene pústulas en Michoacán, Morelos, Chiapas y el DF) parece moverse solo, pero nada más lo aparenta.

A diferencia de otras autoridades medianamente informadas, el gobernador Graco Ramírez dice sin tapujos que los distintos grupos que están haciéndola de tos en Michoacán, Guerrero y el DF tienen vasos comunicantes con organizaciones guerrilleras (incapaces de hacer una revolución verdadera porque serían aplastadas por las fuerzas del Estado y, como le sucedió a la chiapaneca, su método de lucha ya no la recomendaría ni Ernesto Che Guevara).

Si se les ve de manera aislada, cualquiera de esos movimientos, por lo minoritarios y hasta ínfimos que son y por la repulsa social que generan, sería perfectamente sofocable con la simple aplicación de la ley (con el uso disuasivo, o no, de la fuerza pública).

El problema para los gobiernos federal y estatales es que, en el contexto de narcoviolencia que padecen varias regiones de México, hay una palpable y coordinada concatenación en las provocaciones de “profesores” y “estudiantes”, de modo que cualquier acción policiaca o militar puede provocar un efecto dominó que acabe de pudrir la relativa paz pública de que goza, pese a todo, la mayoría de la población. 

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