22 de Septiembre de 2018

Opinión

Tic-tac… tic-tac

Recién fui desempacado en el más importante polo turístico del país, proveniente de un lugar donde las palmeras y la gente se la viven borrachas de sol...

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Recién fui desempacado en el más importante polo turístico del país, proveniente de un lugar donde las palmeras y la gente se la viven borrachas de sol (y de cerveza, whisky, vodka y ron, todo, de la mejor calidad).

Allá, el ritmo cotidiano es como el vaivén de las holas en verano y aún es posible salir de paseo, caminar, sentarse en un restaurante o pub del bulevar Bahía y disfrutar la brisa marina sin temor a que algún desquiciado motociclista pase abriendo fuego con AK-47 o R-15, buscando escarmentar a uno o dos rivales, pero llevándose entre las balas a gente inocente.

Aquí, observo a las personas caminar en horas de la madrugada por calles oscuras, sin mayores signos de temor o preocupación, mientras que un colega periodista se vio, intempestivamente, presenciando un secuestro en esa misma manzana del centro de la ciudad. O el personaje local que fue acribillado en una concurrida avenida mientras conducía, cuando apenas caía la noche, unos días antes.

Ahora, la zona hotelera fue el escenario de hechos de sangre, con lo que la geografía criminal se ensancha en la ciudad en la que convergen turistas de las más variadas nacionalidades y potencial económico que, al cabo, son quienes alimentan la economía local.

Cancún dejó de ser el paraíso, primero porque el destino se fue abaratando al paso de los años, con el consiguiente problema ambiental y la escasez de servicios públicos, y luego, hace casi dos lustros, con el asentamiento de células del crimen organizado.

Si de entrada el delito común, particularmente el robo, ha superado la capacidad de las policías preventivas, la actividad del narco parece estarse convirtiendo en algo cotidiano, como los sábados de póquer con los cuates o los domingos de cochinita con la familia (ah, porque aquí también se come buena cochinita).

Por más que las autoridades y diferentes cámaras empresariales pretendan que aquí no pasa nada –por aquello de no manchar la imagen turística de la ciudad–, los hechos hablan por sí mismos. En la Riviera Maya la situación no está mejor.

Como sucede en muchas ciudades que fueron creciendo en desorden, Cancún acusa el problema de la falta de prevención del delito.

Cada vez son más los fraccionamientos amurallados, con el perímetro cubierto con ese alambre de púas, que antes sólo vi en campos de batalla recreados en películas de la Segunda Guerra Mundial, y con vigilancia las 24 horas.

Cada vez se cometen más robos y asaltos violentos, cada vez más las regiones son escenario del delito, situaciones que autoridades policíacas y ministeriales no anticipan y menos resuelven.

Para afrontar este desventajoso entorno –y digo desventajoso refiriéndome al ciudadano común, a aquél que debe llevar el sustento cotidiano al hogar–, es indispensable establecer una estrategia conjunta, integral y con metas claras, que poco o nada tiene que ver con la contratación de más policías, con exámenes de Control y Calidad ni con más patrullas y armamento.

Se ha dicho ya y en este Gobierno del Cambio debieran asumir el costo monetario de implementar una verdadera estrategia de combate al crimen organizado, para lo que no resulta descabellado echar mano de esquemas ya probados, como el caso de Colombia. Si nuestros flamantes legisladores se han fusilado iniciativas de ley de otras entidades federativas, no veo el pecado en copiar algún modelo efectivo para terminar con el tráfico de drogas, las sanguinarias ejecuciones y el peligro latente para la sociedad civil, antes de que esta termine por acostumbrarse a los cruentos episodios de revancha entre células criminales o, peor aún, se convierta en blanco de escarmientos.

Por lo pronto, Cancún y Playa del Carmen están a merced del hampa y también del ratero, que ya no se conforma sólo con el botín. Ahora quiere hacer daño a su víctima y pasa de vulgar ladrón a homicida.

Nosotros, los ciudadanos, los que hacemos que esta maquinaria económica genere dividendos para que los gobernantes en turno vivan como jeques, debemos adoptar ya una postura de exigencia, de respuestas y soluciones a estos problemas que están avasallando nuestra vida cotidiana. 

Están en juego, no sólo la estabilidad financiera de estos destinos turísticos. Está la tranquilidad de nuestras familias, de nuestros hijos… la vida misma, pues.

Entonces ¿seguiremos como simples espectadores? ¿Terminaremos acostumbrándonos a los baños de sangre? No quiero esperar a que la víctima de estos criminales sea un ser querido. El tiempo sigue su marcha y la amenaza crece y se fortalece al amparo de nuestro silencio. 

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