15 de Diciembre de 2017

Opinión

Treinta años de indios remisos

El Nuevo Catecismo para indios remisos no fue un simple ejercicio de estilo de los que acostumbraba Carlos Monsivais ni una brillante explosión de anticlericalismo, aunque fue las dos cosas.

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Con una tonalidad que en mucho me recuerda a Italo Calvino, hace treinta años publicó Carlos Monsiváis su Nuevo Catecismo para indios remisos.

No fue un simple ejercicio de estilo de los que acostumbraba el cronista por antonomasia ni una brillante explosión de anticlericalismo de las que también acostumbraba, aunque fue las dos cosas.

Sabemos que Monsiváis leía compulsivamente y dormía tan poco que el tiempo se multiplicaba para devorar muy por encima del promedio común de los mortales. Y también que jugaba con el estilo en conversaciones que se convertían en juegos de ingenio inagotables o en dedicatorias que eran, cada una, piezas literarias. También se obligaba a esas formas que exigían los antiguos maestros de retórica: “Escribir a la manera de”.

Barroco a pesar suyo como ilustrado y reformado, Monsiváis se entregaba a la poesía todas las noches y, en alguna ocasión, confesó que San Juan de la Cruz era su lectura preferida. A San Pablo se lo sabía de memoria (alguna vez cometí el error de discutir con él sobre no recuerdo qué y la revolcada fue mayúscula al citarme casi completa una carta apostólica) de tal forma que podía viajar del ceño fruncido y la violencia verbal del constructor de la Iglesia a la dulzura de alturas místicas inefables del santo de Yepes.

Sin embargo se negó a tomarse en serio como creador literario. Su autocrítica fue tan violenta como su crítica. Aunque no hubiera habido comentarista tan duro como él lo fue consigo mismo, primero, y con todos los demás en sus tiempos restantes.

Así, el Nuevo catecismo para indios remisos fue un momento de debilidad del superyó que pulió hasta el extremo y que pasó inclusive por tamices externos. Anticlerical, sí, pero jamás se hubiera perdonado lastimar los sentimientos religiosos del pueblo llano. Me consta, porque me dio a leer el Catecismo y, entusiasmado, puse el imprimátur de “mocho relapso” como solía calificarme.

Se ha leído como un divertimento extraordinariamente bien escrito, pero siempre he creído que era una pequeña muestra de lo que hubiera sido capaz de construir. En su talento y en sus dedos estaba la gran novela posterior a Rulfo que Monsiváis se negó a escribir.

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