19 de Octubre de 2018

Opinión

Trinomio: mente, lenguaje y cuerpo

De dientes para afuera se podrán decir muchas cosas, sean verdad o mentira, pero la expresión corporal es la que delata las cosas que son ciertas de las que no lo son.

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Dicen… ya es media mentira.- Thomas Fuller

Existen de mentiras a mentiras. Hay diversos grados de mentiras. Como bien sostiene Fernando Savater: “Hay mentiras que pueden incluso ser de cortesía. Poéticas. Que no tienen que escandalizar ni perturbar. Muy al contrario, algunas se encuentran ya integradas en el juego social. Lo importante de la mentira es el contexto y a quien se miente”. La famosa mentira piadosa suele ser una mentira aceptada o incluso justificada.

La relación entre lo que decimos con nuestras palabras, que pueden ser mentiras, y lo que nuestro cuerpo expresa parece una ambigüedad. La lógica del llamado detector de mentiras tiene que ver con la sudoración que genera el cuerpo al emitir una respuesta sea en sentido afirmativo o negativo. Es un impulso corporal que puede detectar una discrepancia entre la respuesta emitida y los impulsos nerviosos que generan la sudoración corporal. Sin embargo puede darse el caso de ciertas personas a quienes el detector de mentiras no les detecta la falsedad, ya sea porque tienen una baja discrepancia entre sus mentiras, sus impulsos nerviosos y la sudoración corporal. Es decir, saben mentir o, como se dice vulgarmente, se creen sus propias mentiras.

Aunque no siempre sea así, existen diversas reacciones del cuerpo cuando una persona emite una mentira, desde levantar la vista a algún lugar indeterminado hasta quienes parpadean continuamente, quienes se rascan la nariz o hacen algún gesto de nerviosismo o sudan en forma intensa ya sea en las manos o el rostro. De dientes para afuera se podrán decir muchas cosas, sean verdad o mentira, pero la expresión corporal es la que delata las cosas que son ciertas de las que no lo son. 

Se dice que cuando una persona se acaricia la mandíbula es signo de reflexión; en cambio cuando tiene los brazos cruzados se considera que tiene una actitud “a la defensiva”; por otra parte, si se frota el ojo se dice que tiene dudas de su interlocutor, incredulidad de lo que le dice; si se aprieta los labios es porque tiene desconfianza y desagrado; si una persona martillea con los dedos la mesa o silla es signo de impaciencia o nerviosismo, de prisa; si la persona mira al suelo es síntoma de no creerse lo que está escuchando; mantener las piernas cruzadas con un pie que se mueve es síntoma de aburrimiento o impaciencia y, finalmente, si el sujeto está sentado al borde de la silla es señal o deseo de marcharse. Pero claro está que el cuerpo hace lo que la mente le ordena. Lo que hacemos con el cuerpo es producto de la mente, consciente o inconscientemente.  

La pregunta que nos hacemos es: ¿por qué mentimos las personas? Muchos  mienten por creer que de esa manera nos defendemos de los otros o protegemos algún interés. Hay quienes mienten por sistema, por creer que de esa manera no dan ventajas, ir por la vida mintiendo a todos es quizá un mecanismo que quienes lo hacen consideran de defensa.

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