24 de Octubre de 2018

Opinión

De tumbo en tumbo

El descrédito de Peña es un mal congénito que ha aquejado y aquejará a todos los gobernantes desde 2000.

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No simpatizo con el gobierno de Peña Nieto. Me parece, en síntesis, que marca una etapa más del desarrollo del modelo neoliberal y que, en ese sentido, no se puede esperar de él cambios en las condiciones de lacerante desigualdad y pobreza que marcan la frontera de la dudosa democracia mexicana. Creo, sin embrago, que el descrédito social que padece no es el resultado de esas políticas, pues la inmensa mayoría de los mexicanos ni las debaten ni las identifican como la base de la situación actual del país.

El descrédito de Peña es un mal congénito que ha aquejado y aquejará a todos los gobernantes desde 2000: tras la claudicación de Fox de su principalísima responsabilidad histórica, consumar la transición democrática, los presidentes son necesariamente investidos a partir de una minoría electoral. Quien quiera que entre al Palacio Nacional lo hará sobre el rechazo expreso en las urnas de una mayoría siempre cercana al 60% de los mexicanos. Esto es así porque el primer presidente panista decidió que la nueva pluralidad política del siglo XXI podía seguirse gobernando con el viejo sistema político, decantado durante setenta años para ser eficaz en un régimen de partido de Estado, que hoy no existe más. Y si bien esto no quiere decir que Peña deba ser disculpado de sus no pocas pifias, sí debe llamar la atención sobre lo que para el país significa seguir eligiendo presidentes de minoría, cualquiera que sea su signo.

El consenso social es la condición indispensable para lograr la implementación de cualquier programa de gobierno. Más allá de las reformas logradas en el conciliábulo palaciego del Pacto por México, el día a día del gobierno se construye sobre la fragilidad que da el rechazo social mayoritario, garantizado porque, el día de su toma de posesión, Peña lo hizo contra la voluntad ciudadana mayoritaria.

La transición a la democracia se frustró al no fundarse en un nuevo gran acuerdo político nacional. Este, como testifican los procesos de otros países que han superado regímenes autoritarios, sólo se puede lograr a partir de nuevas normas constitucionales, desde luego en lo político, pero también en lo social y económico.

Podemos desdeñar y reírnos hasta el hartazgo de Peña, pero el destino del próximo presidente, bajo estas reglas, no será mejor.

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