16 de Julio de 2018

Opinión

Turismo de puertas abiertas

Sabemos que los estadunidenses son los turistas por excelencia en Quintana Roo. No podría concebirse el potencial del destino sin la visita masiva y generosa de...

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Sabemos que los estadunidenses son los turistas por excelencia en Quintana Roo. No podría concebirse el potencial del destino sin la visita masiva y generosa de quienes, por tanto, definen de algún modo tanto la dinámica como el éxito obtenido en tantos años. 

Por eso preocupa a las autoridades, a los empresarios y a los operadores del ramo la relación con el vecino en la “era Trump”, por aquello de las posibles alertas de viaje o las tramitologías excesivas, aun cuando por ahora están descartadas por nuestros gobernantes.

Pero, ¿qué tan importantes son estos visitantes y cuán rica es la relación? Esta semana se divulgaron algunos datos que clarifican el panorama. De entrada se confirma lo evidente: el mercado norteamericano (de Estados Unidos) destaca como el de mayor importancia para el sector turístico de Quintana Roo, porque en 2015 (fecha del indicador más reciente) el 43.5% de los que llegaron a México lo hizo vía el aeropuerto de Cancún.

De enero a septiembre del año pasado se registraron 19 mil 295 vuelos provenientes de dicho país con 2 millones 778 mil 211 pasajeros, lo que representó un crecimiento del 12.4% respecto al mismo periodo en 2015. Con una estancia promedio de seis noches, provienen, en su mayoría, de California, Texas, Illinois, Nueva York, Georgia y Florida.

Por otro lado, son de los inversionistas más notables y aliados históricos en el desarrollo del estado, particularmente de Cancún y Riviera Maya, donde han participado desde la misma fundación sin importar crisis, contingencias o temporadas bajas en este territorio, e inclusive más allá de sus fronteras. 

La prueba está, por ejemplo, en el número de empresas de origen estadunidense -de capital parcial o total- como hoteles y restaurantes, así como en los visitantes de tiempos compartidos, segundas residencias y retirados, que tienden a crecer en cantidad, estadía y derrama.

Como se constata, las relaciones han sido fructíferas en distintos ámbitos. Aun así, el aparente riesgo es una buena oportunidad para intentar conquistar a nuevos mercados en la misma Unión Americana o de aquellos países que se verán perjudicados por las medidas migratorias ordenadas desde la Casa Blanca. Es decir, turistas, grupos e inversionistas pueden voltear al Caribe Mexicano debido a sus magníficas condiciones.

Visto así, sería desastroso proyectar una imagen de inseguridad sin control; entrar a las campañas que fomentan la división con ese pueblo norteamericano; no diversificar más la oferta ignorando las preferencias de estos potenciales clientes, y debilitar los mecanismos de la gran política turística, calificada “motor de desarrollo” por los expertos.

Y esa “gran política turística” comienza desde el mismo trato al paseante, la comodidad brindada o el servicio ofrecido. No sólo se trata de estrategias o promoción. En tal sentido, es tan reprochable la acción de vivales que cobran fotos en el parador o venden paseos irregularmente en módulos turísticos, como plausible las clausuras y sanciones aplicadas por quienes tienen la responsabilidad en sus manos.

Desorbitado

Ayer en la tarde, justo cuando grupúsculos aparentemente con intereses en Playa del Carmen y Cozumel se mofaban en redes sociales por la violencia en Cancún, “llovieron” balas en el corazón de la Riviera Maya y en la denominada “isla de las golondrinas”, acallando las voces críticas provenientes de bandos opuestos en la arena política. No pudieron sacar provecho con la desgracia esta vez.

Una bala en cualquiera de nuestros destinos (y en el país, lógicamente) es un ataque a todos, principalmente contra aquellas familias que viven directamente de un paraíso en paz. Por ningún motivo se comparte el autoflagelo.

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