22 de Octubre de 2018

Opinión

Tweetea y deja vivir

Hoy ya nadie se toma el tiempo para pensar. De formas tan sutiles que nadie sabe cómo, de un momento a otro la inmediatez se convirtió en la prioridad suprema de los ciudadanos...

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Hoy ya nadie se toma el tiempo para pensar. De formas tan sutiles que nadie sabe cómo, de un momento a otro la inmediatez se convirtió en la prioridad suprema de los ciudadanos: todos quieren ser el primero, el más rápido o disponible, a costa de su entorno. 

Para la sociedad actual ya no es importante conocer la respuesta a un problema, sino dónde encontrar a quien la tenga, pues el tiempo para reflexionar y dar una solución pensada y acorde con la realidad del momento, pasó de moda con la irrupción de las redes sociales. 

Imaginemos un escenario cotidiano, y recientemente, frustrante. Dos amigos citados para tomar el almuerzo, pero en lugar de disfrutar la convivencia y el lugar, están más interesados en hacer “check in”, hacer “reviews” sobre la comida y calificar, de acuerdo al grado de “likes” que logre la foto del platillo, la calidad del alimento, importando poco si les gusto o no; e ignorando al comensal de enfrente. Y tal vez lo más triste, es que estos singulares seres humanos “digitales”, juzgan negativamente a quienes no hacen lo mismo que ellos, tachándolos de anticuados o ignorantes. 

El usuario de hoy en día ha perdido la comprensión de la realidad, de la privacidad del prójimo y de sí mismo. Embebidos en esta falsa concepción de “comunidad global”, el ciudadano digital “de a pie” cree a pie juntillas que sus contactos en las redes están a su disposición en todo momento y lugar, y ejemplo más claro es la molestia que muchos experimentan cuando no les contestan un mensaje en WhatsApp, o reclaman el que los dejaran “en visto”, cual si el tiempo del interlocutor fuera también el suyo.

Esta urgencia de interacción por nimios asuntos es nociva para el significado real de las redes sociales, pues conlleva a la comisión de errores y desaciertos en todas las formas, por citar un ejemplo,  el diario argentino La Nación publicó como cierta en sus redes sociales, una nota del conocido medio de parodias @ElDeForma sobre la cancelación de contratos de Carlos Slim con Donald Trump; hecho que convirtió al medio en el hazmerreír de la red.  

Todo ello nos pone en contexto para reflexionar sobre nuestro comportamiento en las redes sociales, y en especial, en cómo decidimos cambiar nuestra privacidad y espacio personal, por el encanto de la notoriedad ante los desconocidos.  Con tal de sentir que navegamos con la “ola” de la modernidad digital, hacemos de lado nuestra natural moderación en el trato hacia los demás, amparados en el hecho de que no vemos las reacciones de nuestros interlocutores, situación que también da rienda suelta a los malos entendidos sobre el significado de nuestras palabras, y la necesidad absurda de crear códigos de conducta donde no se necesita. 

A pesar del panorama tan oscuro, no somos víctimas de ninguna “Matrix” o “Skynet” de la vida, pero sí de nuestra propia deshumanización, en aras de convertirnos en parte de una realidad que cada día es más complicada de alcanzar. 

El acceso aparentemente sin límites a la web, crea en la mente de los usuarios y hasta de los que no lo son, un escenario amplio y lleno de información, métodos y nuevas costumbres, que hace a muchos perder el rumbo buscando absorber todo el caudal, pero sin clara idea de qué es lo que harán con él, y creando, en el lado cómico del asunto, las tribus de moda como los “millenials”, “hipsters” o “mupies”, necesarios como un referente que permite a los usuarios “deslumbrados” por la web, una comunidad en la que arroparse, aún a costa de su individualidad. 

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