22 de Junio de 2018

Opinión

Un año de mirar a través de la ventanilla

Es un honor compartir este espacio con personas que fueron mis profesores, compañeros de aula, colegas en encuentros literarios y personas de conocida trayectoria.

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El automóvil es el medio que acorta la distancia y el tiempo hacia el destino. Aquel rumbo se torna en el lugar mientras que los alrededores, durante el traslado, se asoman como los no-lugares. La casa que es el referente definitorio del citadino frente a su avasallador hábitat urbano, se pierde momentáneamente para cederle su función al automóvil. Considerada el territorio del ensueño, se dice que en la casa dentro de sus habitaciones, detrás de una puerta o quizá bajo un mueble pueden encontrarse escondidos los recuerdos, los anhelos o los sueños, como si la casa fuera la metáfora perfecta del inconsciente.

Toca, entonces, al automóvil ser la metáfora de la expulsión inevitable de ese interior oculto, el secreto del pasajero que saldrá a la luz para sí mismo. Los sueños, los miedos y los recuerdos saldrán en el marco de un cuadro de paisaje cambiante: la ventanilla. Cristina Rivera Garza escribe en el ensayo “Breve historia íntima de la escritura en migración”: “Todo empieza a través de la ventanilla de un automóvil en movimiento. Ahí está el paisaje que aparece y desaparece sin cesar. Ahí, el encuadre efímero que permite elegir, dentro del caos reinante, ciertos patrones o líneas o centellas. Ahí está la inmovilidad del cuerpo que […] acelera la movilidad de la mente”.

La mente acelerada del pasajero inmóvil por la visión de los paisajes inmóviles, como señala la escritora tamaulipeca, no es la única paradoja de la ventanilla. Michel de Certeau reflexiona sobre otros de sus misterios: “Paradójicamente, es el silencio de las cosas colocadas a distancia, detrás del vidrio, el que, de lejos, hace hablar nuestras memorias o saca de las sombras los sueños de nuestros secretos”.

Hace un año recibí la oportunidad de que mis reflexiones y lecturas a través de mi ventanilla personal quedarán rescatadas en esta columna que lleva por título ese cristal tan meditativo. Celebro la apertura de mi querido Martiniano Alcocer hacia las voces jóvenes y el apoyo a las mujeres con ganas de escribir, porque “El poder de la Pluma” tiene la cualidad de ser inclusivo y abierto en ideas como pocos. Es un honor compartir este espacio con personas que fueron mis profesores, compañeros de aula, colegas en encuentros literarios y personas de conocida trayectoria. Especialmente agradezco a Dolores Almazán, a quien debo este honor, y a Rodrigo Quijano por sus críticas a los borradores.

Ahora es menester ir por el segundo año de mirar a través de la ventanilla. 

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