20 de Octubre de 2018

Opinión

Un mal optimismo

Resulta la mar de interesante que nunca antes el responsable de las finanzas nacionales hubiera hecho saber que el país ofrecía un alto riesgo a la inversión.

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Existe la idea de que ser optimista debe ser una actitud general ante la vida, pues de esa manera se favorecen los éxitos personales y colectivos.

El extremo de esta concepción se alcanzó con la llamada “ley de la atracción”, invento mercantilmente exitosísimo de acuerdo con cuyos postulados los deseos y temores de cada quien construyen su realidad. Mientras estas ideas no pasan de debates fiesteros, junto con el chupacabras y la camioneta blanca, son realmente un asunto menor. Cuando, sin embargo, parecen ser la motivación de los dirigentes políticos del país, estamos en aprietos.

Esta semana, ante la elevación de la calificación de la deuda pública de México por parte de la empresa Moody’s, Luis Videgaray declaró que esto permite “que venga más inversión a México; que haya inversionistas que ni siquiera podían ver a México, porque había un nivel de riesgo alto y que ahora al estar en esta nueva categoría pueden ya ver a México como un destino para inversiones que detonen en creación de empleos y que nos den mayor crecimiento”.

Resulta la mar de interesante que nunca antes el responsable de las finanzas nacionales hubiera hecho saber que el país ofrecía un alto riesgo a la inversión. De hecho siempre decía lo contrario. Entusiasta, el secretario no aclara que se subió sólo un escalón en la calificación, pasando de Baa1 a A3. Es decir, ni antes había tantísimo riesgo, ni ahora han dejado todos de existir.

Pero lo grave, en realidad, son las conclusiones que Videgaray saca del hecho: habrá más inversión y en consecuencia más empleos. Sin embargo, 30 años de apertura a la inversión extranjera nos han dejado claro que el efecto de ésta es limitado en cuanto al volumen de empleos que produce y a las malas condiciones laborales de éstos, amén de su poca durabilidad. Hace varios lustros esto quedó claro con, por ejemplo, las maquiladoras.

Y ahí está el problema: la suposición de que ya se tiene una solución a un problema, cuando lo que se tiene es una fantasía, no sólo favorece no buscar soluciones reales, sino, sobre todo, permite insistir en políticas económicas que, ni en su modelo teórico, incluyen la elevación de la calidad de vida de la población. Este optimismo no es más que la evasión de las dificultades existentes en favor del terso camino de un sueño de opio.

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