17 de Julio de 2018

Opinión

Un "me gusta" a la basura

La última vez que las redes sociales tuvieron un efecto demoledor en los procesos electorales mexicanos fue en 2009...

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La última vez que las redes sociales tuvieron un efecto demoledor en los procesos electorales mexicanos fue en 2009, cuando los seguidores del #votonulo lograron, si bien no el quimérico objetivo de empañar las elecciones, sí dejar claro que un sector del padrón no estaba representado en las boletas. Seis años después, las papeletas siguen sin respaldar los intereses de los "cibernautas", y el movimiento de anulación quedó reducido a un melancólico pero concreto recuerdo de que desde internet sí es posible organizar una protesta que llegue al mundo real. 

Surfeando por la web y conscientes de que en estamos en tiempos electorales, es curioso notar una singular situación: la campaña de ningún candidato ha sacudido a las redes sociales. Poniendo de lado la ignorancia digital de los políticos mexicanos -tema tratado la semana pasada-, resulta interesante notar que en términos de popularidad y tendencias digitales en Quintana Roo, los comicios no existen. Para los “hashtags” de Twitter o Facebook, la reacción orgánica -la de los usuarios reales- hacia las acciones de los candidatos es nula, es más, es imposible negar que las invitaciones a "darle like" a las páginas de los aspirantes son desdeñadas bajo el triste pero célebre "eso es más de los mismo". 

La apatía nacional por la política no excluye a los usuarios de redes sociales, que vemos con bastante desdén, e incluso, flojera, los vanos intentos de los "social media managers" de los aspirantes por endilgarnos las promesas y logros de sus clientes en nuestros "timelines" o muros, y sobre todo, cuando caemos en cuenta que, como los votos en una elección mexicana, nuestros "likes" no tienen futuro: al final de la campaña, no importará cuantos "me gusta" haya acumulado una foto, eslogan o promesa en la red, al candidato ganador le valdrá un pepino, y al perdedor... otra cosa. Bajo esta realidad, es explicable que las estrategias electorales en la web estén infectadas de origen. 

¿Votante o enemigo?

Quienes tienen a cargo el proselitismo en internet, pareciera que no tienen claro el perfil del votante digital: el que tiene la capacidad de pensar por sí mismo, informarse sobre lo que el candidato le intenta vender, de comparar y emitir una opinión en tiempo real, amparado por el "anonimato" de la web, protegido de las malas caras del equipo de campaña, y sobre todo, alejado de la sospechosa cámara del fotógrafo. En suma, con todos sus yerros, la red social puede contrarrestar con hechos las promesas al aire de los candidatos, y yendo más lejos, hasta enseñarles a hacer campaña. 

El gran problema mexicano es que todo ese talento digital no es realmente aprovechado, ni por el Instituto Nacional Electoral, los partidos, aspirantes, e incluso, ni por los votantes. Más que culpa de los candidatos y sus equipos enclavados en la "edad de piedra", el hecho de que las campañas políticas sigan haciendo uso del "frutsi" y la torta, es la falta de un movimiento que despierte la curiosidad de la gente hacia el poder de la web para fines políticos. 

Hace nueve años, el #votonulo logró arrebatar la atención a los partidos e hizo que muchos jóvenes se volcaran a las urnas con una idea clara: "Ustedes no nos representan". Cierto, fue una voz en el desierto, una acción criticada a más no poder, y hasta cierto punto, muy poco útil, pero fue algo que generó un rechazo razonado hacia la falsedad de los políticos. Hoy en día no hay nada ni nadie que invite a los usuarios de las redes sociales a participar el 7 de junio, pues resulta mil veces más cómodo "dar un like", que ir a las casillas, y a fin de cuentas, el "me gusta" y el voto terminan en la misma urna: el bote de basura.

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