20 de Agosto de 2018

Opinión

Un nuevo amanecer

El capítulo Un nuevo amanecer del libro de Coe, El desciframiento de los glifos mayas, inicia con David Stuart, que dictó la conferencia inaugural del Festival Internacional de la Cultura Maya.

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En el libro de C. W. Ceram, Dioses, tumbas y sabios, la novela de la arqueología, muchos vivimos el descubrimiento de Troya por el millonario Schliemann y otras aventuras arqueológicas que nos harían creíbles las de Indiana Jones, con todo y su empaque de James Bond. Napoleón se paseaba por las pirámides, el joven Champollion descifraba los jeroglíficos y Carter descubría la tumba de Tutankamón, comenzando la leyenda de la maldición de las momias. 

El relato de los mayas, desde su redescubrimiento y los trabajos de Stephens y Catherwood, nos dejaba un aire de misterio por la reiterada tentación de los descubridores de asociar a los mayas con la Atlántida o las tribus de Israel y un pesado pesimismo, como cuando cita a Prescott: “Todo   esto   es   un   misterio   que   los   años   han envuelto   con   un   velo imposible… que no puede levantar la mano de ningún mortal”. Y nos revelaba el decisivo hallazgo de la Relación de cosas de Yucatán de Diego de Landa por el abate francés Brasseur de Bourbourg, mitad ministro y mitad aventurero, descubridor del Popol Vuh y quien puso en tinta el Rabinal Achí, recitado por un maya que lo sabía de memoria a la usanza de los antiguos griegos. 

Ceram refiere que en Landa, Brasseur descubrió la clave de unos dibujos ornamentales hasta entonces incomprensibles, que se referían  a  cómo reconocer los meses y los días. Cuando Ceram escribió, se había descubierto la clave del calendario y los estudiosos se concentraban en las fechas de las inscripciones, cercados por Erick Thompson quien no creía que los glifos reflejaran el habla de los mayas.  Tal vez por eso no menciona el reto del desciframiento de la escritura maya en el llamativo apéndice Sobre los libros de historia de la arqueología que todavía no pueden escribirse. 

Pues bien, uno de esos libros que no podían escribirse es El desciframiento de los glifos mayas, de Michael Coe, que acaba de reeditar el Fondo de Cultura Económica después de 15 años de la primera edición, auténtica novela de la aventura  del desciframiento que es, al decir de su autor, “uno de los mayores logros intelectuales del siglo xx” por el cual comenzamos a entender la historia de los mayas contada por ellos mismos. En 1952, apenas tres años después de publicado el libro de Ceram, un auténtico gigante, Yuri Knórosov, publicaba su artículo sobre el valor fonético de los jeroglíficos a partir de la “clave” de Landa. 

El capítulo Un nuevo amanecer del libro de Coe, desenlace de la trama, inicia con David Stuart, uno de los personajes de la novela del desciframiento. David dictó, emblemáticamente, la conferencia inaugural del Festival Internacional de la Cultura Maya. Desde los tres años acompañaba a sus padres en sus recorridos por las ciudades mayas y a los 11, invitado por Linda Schell a Palenque, leyó el tablero del Templo del Sol: “¡En ocho horas… lo había leído todo… había ido  adonde a nosotros nos había llevado cinco años llegar!” Pero esa es otra historia.

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