23 de Septiembre de 2018

Opinión

Un nuevo “chip” para desastres

Pasó la lluvia torrencial, viene el recuento pormenorizado de daños y la reconstrucción donde sea necesaria...

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Pasó la lluvia torrencial, viene el recuento pormenorizado de daños y la reconstrucción donde sea necesaria. Lo único bueno, digámoslo así, es el “saldo blanco” referido a la ausencia de víctimas fatales. El vapuleo contra la infraestructura fue tremendo en siete municipios, aunque en tres el drama se agudizó por la suspensión de clases y el volumen del deterioro. Estos son Othón P. Blanco, Bacalar y Benito Juárez.

En los días post caos siempre cunde un cuestionamiento: ¿Estamos realmente preparados para enfrentar con éxito una contingencia y recuperarnos pronto? Habitamos una tierra expuesta a fenómenos climatológicos, algunos muy severos, lo cual obliga a estar listos con todos los recursos a disposición, sean humanos, materiales o económicos. Pero en algunos municipios no alcanza para eso.

En Chetumal están con el agua hasta el cuello, en referencia figurada y literal a lo que viven autoridades y ciudadanos por la falta de presupuesto para encarar las inundaciones. Es una doble desgracia. La esperanza del presidente Eduardo Espinosa Abuxapqui son, de entrada, unos 32 millones de pesos para rehabilitar calles, para bacheo y desfondes, en tanto se solicita la declaratoria de estado de emergencia ante instancias federales. Si llovió en dos días lo que en tres meses, lo amerita.

En Bacalar el panorama es similar en las 11 colonias populares de su zona urbana, así como en sus 57 comunidades rurales, asegura el presidente José Contreras Méndez. También tiene puesta la fe en la petición que presentará a las autoridades correspondientes para declarar zona de emergencia y poder acceder a los fondos de recuperación. Los detalles serán conocidos en unos días, cuando el gobierno del estado divulgue el informe final e indique lo procedente.

En Benito Juárez están mejor preparados con presupuesto, personal y materiales. El tamaño de la población, la cantidad de infraestructura, la vocación productiva de Cancún, así como un presupuesto mayor (incluso más holgado por estas fechas), obligan y facilitan una respuesta contundente. Se comprobó este martes durante el recorrido de las autoridades municipales por las regiones más afectadas.

El presidente Paul Carrillo escuchó a los habitantes y tomó apuntes. En ello hay algo interesante: la decisión política de incorporar a los vecinos y no solo responder con aspectos técnicos. Durante sus discursos, Paul ha insistido en la unión, la identidad y el arraigo, motivando con ello a trabajar en equipo por un municipio mejor.

Lo complejo de un desastre no es solo el acontecimiento natural ni cómo se agravan las vulnerabilidades de los habitantes por factores previos, como pobreza, mala infraestructura o falta de organización: en una comunidad la gente resulta más vulnerable no en el cuándo, sino en el cómo; esto, porque la magnitud tiene que ver más bien con los procesos sociales que interactúan con la amenaza.

Luego de la fase de emergencia y de respuesta, sigue la de reconstrucción y luego la de transformación social. Esta última es entendida únicamente a nivel de infraestructura, donde lo que se reconstruye es la ciudad, pero lo que debemos reconstruir ante todo son proyectos de vida, estilos de vida, formas de trabajar, maneras de ser y hacer. El cancunense deslizó esa idea ayer, lo que me parece acertado.

En las inundaciones y otras catástrofes una parte de la culpa es de los habitantes, por lo que la responsabilidad de la reparación debiera ser compartida. Cambiar el estilo de ser y hacer, en un principio, es una consigna valiente. Ojalá su idea permee en la sociedad, se aplique sin importar el tiempo que le resta a su administración y se replique en otras demarcaciones.

Las expresiones “para eso se les paga” o “es su trabajo” no valen cuando provienen de aquellos que tiran basura en espacios públicos, deterioran la imagen urbana y no les importa lo que le pasa al vecino.

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