22 de Septiembre de 2018

Opinión

Un ojo al...

Me fue imposible no prestarles especial atención merced a la grata proporción...

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Podría estar totalmente de acuerdo con usted: la terminal del aeropuerto es enorme y múltiples y variados negocios ofrecen atractivos dónde fijar la atención. Máxime donde la concentración de pasajeros hace común acecharlos en su  trayectoria hacia la zona de embarque o esperando cómodamente sentados. 

Diré que esta última opción me instó a voltear a verla para apreciar, de un vistazo, su lindo rostro, el apretado vestido rojo y la magnificencia de sus senos exhibidos  desenvueltamente. Me fue imposible no prestarles especial atención merced a la grata proporción exhibida por encima del escote. 

Desde esa fugaz mirada, he insistido en observarlos desde diferentes ángulos, procurando no verme sorprendido en mi temeridad. Estoy seguro ha percibido mi velada inspección más de una vez, sin embargo su faz no señala fastidio. Esto me anima. Dejar pasar la ocasión para llenarme la pupila de sus pechos sería inapropiado. 

Especialmente cuando considero el empeño que ha puesto usted en manifestarlos de modo tan festivo con ese brasier push-up que levanta y proyecta. La imagino satisfecha al contemplar en el espejo la redondez expresada, tan grata a los amantes de tales delicias femeninas. 

Acepto, no sin cierta pena, que los buenos modales recibidos  en casa, el combate a las tentaciones del catecismo del Buen Pastor,  los sermones del Padre García y mi educación no sean lo suficientemente determinantes para derivar la mirada y atender a la señora que viene con dos niños en carriola, aquel hombre obeso con sombrero de jipi o las animadas edecanes voladoras en atuendos multicolores que caminan aprisa frente a la banca que nos contiene.

Quiero precisarle que de ninguna manera mi reincidente atención conlleva pensamientos pecaminosos u obscenos −¡vaya metáfora!−, la intención de ligar o causarle a usted una molestia. Ya no digamos un disgusto a su pareja. 

Tome usted en cuenta que yo estoy con mi mujer, quien tampoco muestra recelo hasta ahora por mi modo contemplativo. Para tranquilidad de todos el vuelo a Mérida sale en cuarenta minutos, por lo que todo esto será −cosas del tiempo−  un último atisbo antes de despedirme. 

Le reitero mi respeto y agradecimiento por el feliz momento que su acto de autónoma generosidad, dentro de los límites de su escote, me ha dispensado.

¡Vaya biem!

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