19 de Septiembre de 2018

Opinión

Un poco de sensatez

Las exigencias de renuncia a Peña ejemplifican con claridad el callejón sin salida del actual desacuerdo social con la política...

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Es notorio el rechazo de diversos segmentos sociales al presidente de la República, los políticos y la política. Hoy ese descontento se puede manifestar sin riesgo de represión, en general, y en el tono y volumen que cada quien desee o pueda lograr. El rechazo a las políticas y acciones del Ejecutivo se ve reflejado en burlas e insultos en contra de Peña, que circulan masivamente en redes y otros medios. Es difícil negar la legitimidad de esta ira, sin embargo, el enojo, la denuncia y el reclamo no tienen efectos en la realidad, pues no dan lugar a la organización de la sociedad en torno a programas de cambio estructural en la política y la economía.

Las exigencias de renuncia a Peña ejemplifican con claridad el callejón sin salida del actual desacuerdo social con la política. Pedir airadamente la salida del presidente, verse en lo individual o en lo colectivo insultándolo en las redes sociales, produce sin duda un efecto inmediato de desahogo y refleja el nivel de encono que se registra en la ciudadanía, pero poco o nada aporta a la solución de los problemas que generan la molestia de la población. Ni siquiera de aquéllos en los que las acciones del actual presidente fueron determinantes. Focalizar el enojo en una figura individual, Peña, atribuyéndole ser la causa de los graves problemas nacionales, evita que la sociedad abra un debate sobre las razones estructurales que han generado la pobreza de la mayoría de los mexicanos y la descomposición de nuestra limitada democracia. Si todos los problemas se deben a la incapacidad de un individuo, su sustitución es la solución. Se ignora así el agotamiento del sistema político y del modelo económico y se puede, alegremente, creer que otro presidente logrará cambios mayores.

No es así. Sustituir a Peña por un panista, cualquiera, dejaría intacto el régimen neoliberal al cual debemos la pérdida de capacidades económicas básicas frente al mercado global y la ampliación y pronunciamiento estructurales de la desigualdad y de la pobreza. Pero sustituirlo por alguien con enfoques económicos distintos tampoco llevaría a ningún lado. Y no porque revertir el daño causado por el neoliberalismo consumiría un par de décadas, sino porque con el actual sistema político el nuevo presidente gobernaría, necesariamente, con una minoría electoral, generando desde el primer momento una resistencia social mayoritaria a sus intenciones de reforma.

Sólo el cambio estructural del actual sistema político de minorías y el relevo del modelo económico neoliberal pueden lograr que en México la población goce de bienestar material y de gobiernos con consenso social. Ese debate es hoy mucho más importante que el de quién ocupa la Presidencia.

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