22 de Septiembre de 2018

Opinión

Urge una verdadera libertad de expresión

La libertad de expresión está relacionada con la libertad de pensamiento, es decir, de que podemos externar nuestras ideas sin temor a ser encarcelados o perseguidos. Ambos derechos no definen al periodismo, aunque estén íntimamente relacionados.

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La libertad de expresión está relacionada con la libertad de pensamiento, es decir, de que podemos externar nuestras ideas sin temor a ser encarcelados o perseguidos. Ambos derechos no definen al periodismo, aunque estén íntimamente relacionados. El periodismo necesita la libertad de expresión para poder florecer y se nutre de la libertad de pensamiento.  Es decir, no porque haya libertad de expresión y libertad de pensamiento se va poder decir lo primero que se me venga en mente y de la forma que quiera.

El periodismo requiere corroborar las fuentes de información, checar su validez y credibilidad y luego exponerlo, de una forma respetuosa, tal vez irreverente en algunos casos, pero nunca con intención de herir u ofender gratuitamente. Cada 26 horas se agrede a un periodista en México. El 48 por ciento de las agresiones fueron realizadas por funcionarios públicos; de éstas, 80 por ciento fueron cometidas por funcionarios municipales.

Estos datos fueron publicados por "Article 19" organización independiente que protege y promueve el derecho a la libertad de expresión en diversos países del mundo. En los últimos días hemos escuchado voces de quienes respaldan la validez de insultar y ofender a diestra y siniestra como una estrategia válida. Por extensión creo que forma parte de la libertad de expresión, pero riñe con el respeto de quienes practicamos el periodismo. Es decir, proviene de sectores que consideran el ataque verbal como algo natural y esto ha conllevado en muchas ocasiones a las agresiones hacia los representantes de los medios de comunicación.

Así que si queremos mayor libertad de expresión, si demandamos que el gobierno respete y cuide al gremio periodístico, seamos ejemplo del trato que demandamos. Permitamos el disenso de opiniones, la diversidad de voces, las ponencias encontradas. Sólo así no importará si el periodista se apellida “Loret” o “Dóriga”, no importará su religión ni su ideología, sólo importará que todos cuenten con el derecho inalienable de la libertad de expresión.

Muchas veces en el ejercicio del periodismo se cometen errores y se da por cierta información recibida de una fuente, pero que a la larga, resulta no ser precisa. Lo que corresponde es reconocer el error y rectificar. Eso es parte del periodismo responsable.

Esto es reconocer que todo derecho tiene límites y sobre todo reconocer que debemos ser responsables al momento de ejercer nuestros derechos porque no tenemos derecho a atropellar a los demás. Pocas personas se atreven a expresar su opinión por temor a ser perseguidos o amenazados por el mismo gobierno que tiene toda la libertad de intimidar a través de los organismos cobradores de impuestos, cuerpos policiales y militares, fiscalía y dependencias del poder judicial que obedecen a una sola persona, olvidando que su obligación, al ser enaltecidos por ocupar tan altos cargos, es con toda una nación.

Lamentablemente la libertad de expresión en los últimos años se ha transformado electrónicamente, es decir Internet ha tenido una gran repercusión y un fuerte crecimiento y esto es lo que ha provocado el gran auge de todos los diarios y publicaciones digitales, unido al protagonismo y aumento creciente de las redes sociales, que combinados constituyen un poderoso elemento mediático y un buen apoyo siempre y cuando las utilicemos como es debido.

Tristemente muchos usuarios han querido instalar la denigración y el insulto de una manera pasmosa, instaurando un clima enrarecido de odiosidades y desconfianzas. Algunos internautas tienen como único fin difamar o acosar a una persona, aprovechándose de la alta probabilidad de que, una vez que ello está en la red, es imposible desmentirlo.

El impulso que los mueve casi siempre es provocar y crear polémica en vez de ayudar a razonar y actuar con prudencia. Juzgan con la ofensa y la descalificación personal, refugiándose en un discurso de satanización del otro ante la ausencia de una argumentación contundente y coherente.

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