21 de Septiembre de 2018

Opinión

Lo urgente y lo importante

El desarrollo de las civilizaciones de nuestro planeta tuvo un impulso inaudito durante el siglo XX...

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El desarrollo de las civilizaciones de nuestro planeta tuvo un impulso inaudito durante el siglo XX, nunca en la historia la humanidad se había enfrentado a un ritmo tan frenético de avances tecnológicos, comunicaciones, medicina, ingeniería, alimentación y muchas otras áreas experimentaron una transformación jamás vista; la velocidad a la que la tecnología fue cambiando nuestras vidas llegó a ser en verdad meteórica. Este mismo ritmo de desarrollo se mantiene a través de los primeros años de nuestro siglo XXI, casi cada día podemos escuchar de un nuevo adelanto en la ciencia y la tecnología que rigen el mundo moderno.

Los seres humanos no somos inmunes a estos cambios; aunque la humanidad ha logrado sobrevivir debido a la increíble capacidad de adaptación que posee nuestra especie, no ha sido fácil ni lo será para las personas del mañana poder adaptarse tan rápidamente a los cambios generados en nuestro mundo. Nuestra vida se ha complejizado en cuanto al sinnúmero de tareas diversas a las que tenemos que enfrentarnos, vivimos una vida acelerada para la que nuestras 24 horas diarias no son suficientes; ante la demanda de compromisos cada vez nos volvemos más multitareas tratando de mantener el paso a un ritmo de vida que día a día nos demanda más.

Vivimos en un mundo de prisas, en el que hemos inventado de todo para cumplir con todos nuestros compromisos. Encontramos siempre la posibilidad de simplificar una tarea para inmediatamente ocupar ese tiempo en otra tarea igual o más demandante. Los equipos electrónicos, automóviles, medios de comunicación y mil cosas más se vuelven lo más eficientes posible para ahorrarnos tiempo, tiempo que luego desesperadamente invertiremos en una tarea más. La prisa nos devora e inútilmente tratamos de encontrar tiempo y espacio para todo, sin darnos cuenta de que somos nosotros los que nos ofrecemos como rehenes voluntarios del activismo.

Vivimos a una velocidad desenfrenada en la que lo urgente no nos deja tiempo ya para lo importante. Llevamos a los niños a innumerables actividades durante la semana: desde las clases de apoyo, hasta el psicólogo, pasando por las clases de música, idiomas y deportes; los ocupamos y nos ocupamos de tal manera que ya no nos queda tiempo para la convivencia. Innumerables niños han perdido su infancia, secuestrada por el cúmulo de actividades que alguien ha decidido que son indispensables y valiosísimas para su vida; eso sí, cada vez tenemos menos tiempo para simplemente pasar una tarde con ellos, estar en un parque, jugar con ellos o verlos jugar.

Que alguien no tenga nada que hacer y decida permanecer así ahora es visto como algo casi impúdico y pornográfico. Las tardes en las mecedoras platicando en familia o conviviendo con los abuelos y vecinos ya son algo inaudito, pareciera que si no te ocupas y ocupas a tu familia, pareja, hijos o amigos estás casi siendo un tanto inmoral y probablemente una especie de ser humano infradesarrollado e incluso casi un patán improductivo que sólo pretende disfrutar de una vida regalada.

Y es que en la sacralización de la productividad, del activismo y utilitarismo, todas nuestras actividades si no son productivas y dejan algún beneficio material son ociosas y una pérdida de tiempo.

Se nos ha olvidado lo importante que es tener una tarde en la que no hagamos absolutamente nada más que en familia querer a nuestros hijos, contemplarlos, escucharlos, compartir una bebida, el sol en nuestras caras y el aire limpio en los pulmones mientras nuestros corazones laten satisfechos por el simple hecho de estar vivos y juntos.

Abandonamos las horas de música y los atardeceres tomados de la mano de nuestra pareja, mientras nuestros ojos se pierden en el sol del horizonte y agradecer a la Vida el hecho de haber cruzado nuestros caminos.

Perdidos en el bullicio y los quehaceres, olvidamos la necesidad de nuestra alma de zambullirse en la reflexión de nuestra vida, en la comprensión de nuestras emociones, en el descubrimiento y cultivo de nuestros anhelos y esperanzas, en la contemplación de la naturaleza.
 
Si permitimos que lo urgente no nos deje tiempo para lo importante pronto ya no seremos capaces de vivir y simplemente nos dedicaremos a sobrevivir, nos esclavizaremos nosotros mismos,. Enajenados en la prisa, engañados por el activismo, creeremos que eso es vida y que nosotros estamos vivos, pero acabaremos arrastrándonos por las horas de nuestras vidas como cadáveres insepultos.

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