18 de Enero de 2018

Opinión

Venceréis, pero no convenceréis

En los Acuerdos de Paz de Chapultepec de 1990, se acordó la creación de una Comisión de la Verdad que inició en 1993.

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Cuando la ONU estableció el Día Internacional del Derecho a la Verdad, eligió el 24 de marzo en memoria de Monseñor Arnulfo Romero, asesinado en esa fecha mientras oficiaba misa, momentos antes de la consagración, por causa de su firme intervención a favor de los pobres y las víctimas de la represión gubernamental perpetrada por las fuerzas armadas de El Salvador y cerca de 100,000 efectivos de los Escuadrones de la Muerte.

Seguiría una larga guerra civil que costaría 75,000 vidas y 8,000 desaparecidos, la mayoría civiles. En los Acuerdos de Paz de Chapultepec de 1990, se acordó la creación de una Comisión de la Verdad que inició en 1993 bajo los auspicios de la ONU. Su trabajo nutrió los principios y la instrumentación de mecanismos para la Verdad, de ahí el homenaje a Monseñor Romero.

Muchos, incluso quienes se pronuncian claramente a favor de los derechos humanos, a veces se preguntan: ¿para qué?, tal vez pensando que las heridas abiertas requieren de largo tiempo para sanar o al menos adormecerse para abrir paso a la vida. De allí que en muchos procesos se recurra a las leyes de amnistía -literalmente olvido- para llegar a acuerdos que faciliten una transición, pero que muchas veces alejan la justicia para las víctimas y el auténtico perdón, sin el cual ni víctimas ni victimarios se salvan.

No voy a cansarles con un recuento de ese siglo de sangre que fue el XX y que en el XXI parece prolongar su sombra. Dijo Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, al promulgar el Día de la Verdad: “Las víctimas tienen derecho a conocer la verdad sobre las violaciones que se cometen contra ellas, pero la verdad también debe difundirse más ampliamente para evitar que éstas se repitan.”

La restitución de la memoria ilumina los agravios de todas las facciones, precedidos siempre por la polarización. Justicia y memoria primero, después la historia hará lentamente lo suyo cuando el cambio de generaciones amenace con el olvido que nos hace fácilmente repetirla.

Qué tristeza, por ejemplo, la de Unamuno, el último muerto de 1936 en la guerra civil española, viendo venir la ruina: “Ésta mi España -la mía, mía, mía- no sé si está deshaciéndose o rehaciéndose”, creyendo que se restauraría el orden por medio de una tercera vía, desolado después por el asesinato de colegas y amigos, incomprendido por los “Hunos” y los “Hotros”, como nombraba amargamente a los dos bandos irreconciliables y que ante el grito de “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la Muerte!” se rebela y es defenestrado.

Esa pretensión de orden equilibrado sería sustituida por la promesa de Franco de restablecerlo aunque tuviera que fusilar a media España, la otra. No lo logró pues alcanzó la victoria antes, augurada por el mismo Unamuno:
“Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

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