26 de Septiembre de 2018

Opinión

Vida en la amistad

Aprendimos la maravillosa suerte de conocer al ser humano que teníamos enfrente.

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Para mis amigos de siempre

Era alrededor de 1975, cuando un adolescente callado, huraño y extremadamente tímido caminaba a paso firme por las calles de mi ciudad dirigiéndose sin saberlo a entrar en contacto con un grupo de personas que marcarían su vida, recorriendo varias calles desde su casa llegó al lugar de reunión de un grupo de jóvenes de la iglesia en su barrio, ignoraba por completo la enorme influencia que tendrían en su vida aquellos desconocidos, sólo sentía la soledad ardiente propia de muchos jóvenes.

El trato a través de las semanas y los meses comenzó a transformar su interior y la trampa de silencio que aprisionaba su mente y su corazón se acabó diluyendo; poco a poco y con torpeza se atrevió primero a intercambiar algún saludo y así esa soledad que lo perseguía se fue retirando, llegando a su vida un buen número de jóvenes como él, tratando de entenderse a sí mismos como todos en esa etapa.

Con el paso de los años la relación de todos los integrantes de este grupo de adolescentes no sólo no desapareció, sino que se solidificó de tal manera que a pesar de que alguno dejara de vivir por un tiempo en nuestra ciudad siempre era parte del grupo, siempre estaba en la convivencia y a su retorno se le trataba como si se hubiera ido ayer; algunos largos períodos de ausencia sólo sirvieron para cimentar más el aprecio. Con los años que han pasado desde entonces se agregaron algunos pasajeros más en este viaje y nuestra comunidad creció.

Fue en estos años que estos hermanos míos, regalos de la Vida, y yo hemos pasadocasi de todo: desde la muerte de forma trágica e inesperada de la mamá de uno de nosotros, hasta perder las llaves del auto en la arena en una noche bohemia en la playa y no poder regresar a la ciudad. 

Consolándonos unos a otros en las amarguras que los amores juveniles nos dejaban en la puerta aprendimos la maravillosa suerte de conocer al ser humano que teníamos enfrente. El día a día nos permitió apreciar la nobleza de los sentimientos, la sinceridad, el amor y el espíritu bondadoso que cada uno de esos cuerpos adolescentes contenía.

Una afortunada volcadura en un frío noviembre, de la que nadie salió herido, motivo de innumerables recuerdos y bromas, de la misma forma que la inesperada fractura de clavícula al estar tratando de realizar una pirámide humana, sueños, dolores y necedades, no pocas discusiones y desencuentros, porque nada en esta vida es perfecto; es así que navegando a través de las alegrías y sinsabores de esta vida la amistad crecía día a día en edad y en experiencia, aunque siempre existía aquel que tratando de llegar a bailar en condiciones impropias para ello estuvo a punto de caer desde lo alto de una barandilla.

Entre enamorar a la hermana de un amigo que tuvo el buen gusto de no aceptar y un gran número de bodas que comenzaron a proliferar en nuestras vidas, el tiempo nos marcaba nuevos caminos. Repentinamente la llegada inesperada de un gran número de niños nos enseñó a ser padres y madres, con toda seguridad a unos mejor que a otros, pero todos con el corazón por delante. 

Las tareas familiares nos alejaban pero no nos separaban; con el tiempo y con los años nuestros hijos han encontrado sus propios caminos, sus propios amigos, sus propios socios de viaje en esta vida.

Cuarenta años han pasado desde entonces y la historia continúa, ya no son los viajes a la playa, ahora el tiempo se ha hecho largo y ese tiempo se ha llevado a alguna hermana de especial aprecio, junto con ella se han marchado algunos de nuestros padres, tíos, hermanos, abuelos; repentinamente también la vida ha regresado a través del riñón de una madre para su hijo. 

El tiempo se ha llevado muchas cosas pero nos ha traído otras experiencias, recuerdos, convivencia, cariño y compañías. El tiempo da y quita, y si bien nos ha quitado mucho también mucho nos ha dejado.

Hoy en este día en especial quiero agradecer a Dios y a la vida, por estas bendiciones hechas carne llamadas amigos, porque es en esta amistad que soy el ser humano que soy, en esta comunidad de vida eduqué y fui educado, lloré,  fui consolado y consolé al que lloraba, compartiendo las tristezas las dividimos, conviviendo las alegrías las multiplicamos. 

Todavía hay mucho por hacer, mucho por vivir y quisiera hacerlo en la cálida presencia de mis hermanos de vida. En algún momento este viaje como todo viaje llegará a su fin y sé con certidumbre que en la eternidad esta vida de amistad continuará.

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