19 de Diciembre de 2018

Opinión

Vida en la enfermedad

La solidaridad con el enfermo enaltece a quienes han hecho de esta actividad su vocación.

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Era el año de 1984, cuando joven viví la agonía de mi abuela, enferma  de Parkinson. Durante años había sobrellevado la enfermedad con entereza. Entre aquellas cosas que mi abuela prefería hacer se encontraba lavar los trastes después de comer, años sin fin así lo hizo, pero llegó el momento en el que la enfermedad que le causaba convulsiones en las manos le llegó a impedir hacerlo; cierro los ojos y puedo contemplar la escena una tarde en la que me acerqué a ella para retirarla del fregadero, pues por más que intentaba no podía lavar los platos, ni una sola palabra de queja salió de su boca mientras la llevaba a su habitación, sólo unas cálidas y silenciosas lágrimas rodaron por sus cansadas mejillas.

Cualquier otro podía haber lavado los platos, pero ese era su dominio y no permitía que nadie más lo hiciera. ¡Bendita doña María Mendoza que nos enseñó el camino!, nos mostró cómo vivir la vida hasta el final, sólo al fin de sus días lloró ante el deterioro de su cuerpo, pero nunca ni entonces la escuché quejarse de lo que le sucedía. Recuerdo vivamente la mañana en la que una religiosa me pidió pasar a despedirme de ella, había fallecido en la madrugada pero nos había dejado su cuerpo para recordarla; la vi con una expresión de serenidad que pocas veces le vi en vida, se había ido en paz y con calma.

Hace un par de días una amiga me ha avisado que le encontraron cáncer de próstata a su hermano y, después de la sorpresa inicial, su familia y amigos lo han cobijado y a ella sus amigos le han brindado innumerables muestras de cariño y solidaridad.

Es interesante que muchos de nosotros marchamos como invulnerables por la vida con la seguridad de que nada nos ha de pasar, y sólo basta una simple gripa con unos cuantos grados de temperatura para que recordemos rápidamente nuestra mortalidad.

Sostenemos en muchas ocasiones una actitud casi de frialdad ante el dolor ajeno, nos podemos condoler cinco minutos por haber visto en el noticiero el sufrimiento de centenares  de niños por alguna epidemia, pero inmediatamente nos enfrascaremos en nuestro trabajo, la compra que hay que hacer en el supermercado o la película que veremos en la noche; eso sí, basta una simple gripa para sentir por la manera en la que nos duele el cuerpo y se nos dificulta la respiración que nadie está tan mal y sufre tanto como nosotros.

San Camilo de Lelis, santo italiano, tuvo una especial predilección por atender a los enfermos, tanto que fundó la Orden de los Camilos que  atiende a enfermos en hospitales.

Se cuenta que, siendo un hombre corpulento, en alguna ocasión caminando de una ciudad a otra iba con uno de sus seguidores y ante el fuerte sol San Camilo le dijo: Yo soy de mucho mayor tamaño que tú, así que caminaré de tal manera que mi sombra te proteja de los rayos del sol. Así fue como llegaron a su destino y así era el alma del santo que en las cosas más pequeñas, como regalar una sombra, siempre pensaba en la necesidad del otro.

Afortunadamente aun caminan muchos santos Camilo por el mundo, como Mónica, que a pesar del muy poco tiempo que su trabajo le deja, se esfuerza en participar en una asociación que vela por los niños con cáncer,  para apoyar y consolar directamente al niño o a su familia. El consuelo y el alivio marcan uno de los puntos más altos del espíritu humano.

La solidaridad con el enfermo enaltece a quienes han hecho de esta actividad su vocación, cierto es que existen un sinnúmero de camilleros, enfermeros y doctores que han convertido su vocación en un negocio más que en un servicio, pero no menos cierto es que millones de ellos se conduelen del sufrimiento de sus enfermos y ponen en su labor diaria lo mejor de su vida y su persona. Innumerables congregaciones religiosas de todo tipo se dedican con ahínco a acompañar al que sufre alguna enfermedad hasta el final de ella, sea el resultado que sea.   

La enfermedad de cualquier tipo puede ser muy educativa si la afrontamos con el espíritu adecuado; podremos apreciar el gozo que se tiene al levantarse feliz, sano y completo por las mañanas, disfrutar de la brisa, la arena en los pies, la voz de tus hijos, la dicha de poder ver a la familia. Apreciemos las maravillas que el día tiene para nosotros y seamos mucho más sensibles ante el dolor y la enfermedad ajenos, que nuestros pequeños dolores nos hermanen con los que sufren mucho más y no tienen la suerte de sentirse enfermos de una gripa. En la enfermedad  hay vida y mucha.

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