17 de Octubre de 2018

Opinión

'Viene viene'

En algunas ciudades como el DF son un problema. Son verdaderos delincuentes, se adueñan de las calles, exigen cuotas, intimidan para exigir su pago, rayan la pintura, etc.

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Trabajan bajo cualquier condición, con calor extenuante o bajo la lluvia. Están en todos los estacionamientos públicos, desde hombres jóvenes y robustos, hasta personas de edad avanzada. Nadie se salva de ellos. 

Me refiero a los franeleros o los populares “viene viene”, personas que buscan la manera de ocuparse en algo que les ayude a sacar para el gasto del día. Se encuentran en medio del desorden, sin reglamentación, ni prestaciones. 

El fenómeno de los franeleros nos enseña varias cosas:

Que no hay trabajo. Su presencia tiene que ver con el desempleo, con la falta de preparación académica y de oportunidades. A falta de eso, salir a la calle es una opción. En un muy buen día llegan a ganar entre 200 y 300 pesos, cifra nada despreciable en un país donde los salarios son bajísimos.

Que no sabemos cuántos son, de dónde vienen o a quién le rinden cuentas. No hay un censo confiable para saberlo. 
Que todos los que de alguna manera nos ocupamos, deberíamos hacerlo con las prestaciones mínimas de ley. En Ecuador son aliados de la policía para prevenir delitos, en Uruguay se les regula, y en otros lugares ya se está buscando resolver su problema laboral al convertirlos en empleados formales.

En México, ¿quién estará pensando en atender este tema? 

Que observar su oficio es una oportunidad para superar prejuicios y aprender a través de ellos sobre su realidad, nuestra realidad; la de México. 

Que aunque el mexicano es trabajador, proactivo y servicial no se puede generalizar. En algunas ciudades como el Distrito Federal son un problema. Son verdaderos delincuentes, se adueñan de las calles, exigen cuotas para dejarte estacionar tu ve-hículo. Amenazan, intimidan para exigir su pago, rayan la pintura, ponchan llantas o rompen cristales.

En Yucatán, aún tenemos cosas que agradecer a los franeleros porque todos los días buscan la manera de realizar una actividad honesta a cambio de una propina voluntaria.

Porque todo se vale, menos robar y caer en actividades ilícitas.

Ellos esperan una moneda, pero si la próxima vez que vea uno, no está en sus posibilidades dar una propina, un gesto amable podría ser bajar el cristal y dar las gracias.

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