24 de Septiembre de 2018

Opinión

Wáay Pek

No eran simples perros, pues caminaban sólo con las patas delanteras, las traseras quedaban en el aire.

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Hace varias décadas, ahí en Opichén, Luis ya estaba a tiempo de buscar novia. Se fijó en su vecina de enfrente a su casa, Carmelita, muchacha de su edad, y la empezó a enamorar. A la madre de la joven no le agradaba este noviazgo. 

Después de algún tiempo empezó a suceder algo extraño en casa del muchacho. Cada noche se presentaban unos perros negros. Los papás de Luis de inmediato se dieron cuenta que aquellos no eran simples animales pues caminaban sólo con las patas delanteras, las traseras quedaban en el aire. Llamaron a un hombre que tenía un rifle y le pidieron que matara a los canes.

El hombre logró herir a uno de ellos. 

Al huir, el animal herido dejó un rastro de sangre que terminaba en la casa de enfrente. Al día siguiente, cuando Luis fue a ver a su novia, supo que su suegra estaba lesionada. La muchacha contó que su madre fue a leñar y se hirió con un pedazo de madera. Quien me dijo de este caso, aseguró que el noviazgo finalizó. 

De esta manera la señora impidió el noviazgo de su hija. El novio, no pudiendo enfrentar a la suegra y viendo que su romance estaba perdido, lo comentó con su familia y entonces surgió el relato que desacredita a la madre de la novia.

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