12 de Diciembre de 2017

Opinión

#YaMeCansé… ¿de qué?

Individualismo, insensibilidad e ignorancia; son algunos de los términos con que se califica al sector de la sociedad que, en apariencia, no participa en el repudio al caso Ayotzinapa...

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Individualismo, insensibilidad e ignorancia; son algunos de los términos con que se califica al sector de la sociedad que, en apariencia, no participa en el repudio al caso Ayotzinapa, englobados en las redes sociales bajo el “hashtag” #YaMeCansé.

Ningún “trend topic” había sido capaz de aglutinar el clamor de justicia de la sociedad con tanto éxito y uniformidad. Esta etiqueta de Twitter alcanzó la madurez luego de las revelaciones que el procurador Murillo Karam realizara la semana pasada sobre la suerte de un grupo de jóvenes que, se especula, podrían ser los normalistas desaparecidos. Todas las plataformas de internet hicieron eco, uniéndose al horror y hartazgo de la sociedad fuera de línea, que también la adoptó como bandera. Desafortunadamente, cuando un tópico de internet se populariza, es víctima de la realidad, transformándose en la excusa para los abusos propios del anonimato, y lo que es peor, el puente que trae la violencia que originalmente combatía.

Tras los primeros días en que la solidaridad con los padres de los estudiantes dominaron #YaMeCansé, entraron a escena los bots y los fanáticos. Los primeros, buscando sin éxito copar el espacio con mensajes afines a sus institutos, corrientes políticas o de gobierno; y los otros, con mejores resultados, monopolizando la etiqueta para incendiar la red con ideas extremistas, noticias sobredimensionadas, “sesudos” contra-análisis, y ridiculizar a quienes no se hicieran eco de sus acciones. 

El triunfo de esta etiqueta, para bien o mal, está en el legítimo hartazgo de los mexicanos con las promesas incumplidas de sus gobiernos, en todos los niveles, épocas, ideologías y personajes. Participen activamente en ella o no, no hay ciudadano que no reconozca la crisis política y de ánimo social que vive el país, pero, dentro de este escenario se esconde también el peligro de que la etiqueta y su recién nacido movimiento caigan en el pecado de #YoSoy132: desvirtuarse. 

Basta una búsqueda para ver cómo, de la solidaridad con los padres de los normalistas, el “hashtag” se usa para traer a colación notas irreales, ataques sexistas y desinformación. El tópico peligra por el fanatismo de muchos de sus usuarios, que sin analizar –como demandan a los demás-, dan por comprobadas las noticias que convienen a su visión del hartazgo social, negando el derecho a disentir, ridiculizando a quienes duden o señalen la irrealidad de sus ideas; debate que a su vez, también contamina el “timeline” de #YaMeCansé. 

Dentro y fuera de línea, manifestar nuestra indignación por este y otros casos –comprobados y de vox populli- de complicidad oficial con la delincuencia, es legítima y necesaria para demostrarnos que no somos una sociedad agachada e insensible, sin embargo, esta actitud también debemos aplicarla para saber dilucidar en internet entre nuestros amigos y enemigos, entre la realidad y la mentira.  

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