22 de Septiembre de 2018

Opinión

Yo, mí, me, conmigo

¿Qué hacer con nuestras evidentes dependencias? Pues el mejor camino es conseguir que sean muchas y sean liberadoras no esclavizantes.

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Hace una semana escribí sobre el dolor y la felicidad, comenté, entre otras cosas, que si bien la felicidad verdadera proviene de nuestro interior, únicamente se realiza y fructifica en la relación con los otros, que la felicidad es muy especial porque es lo único que tenemos en mayor medida mientras más la entregamos a los demás, insistí en que la felicidad se da en la relación humana, ya que la naturaleza del ser humano es social y es en esa interacción con el prójimo donde la felicidad llega a su máxima expresión.

Pues bien, algún amigo intentó publicar el escrito en un grupo de autoayuda para superar conflictos de pareja en Internet y lo interesante es que no se lo permitieron, el psicólogo moderador del grupo no autorizó la publicación.

Me ha llamado la atención porque parece haber una tendencia generalizada a promover el amor a sí mismo, la superación personal, la autoestima, la autorrealización como el verdadero camino hacia la felicidad y no seré yo quien niegue la importancia vital del aprecio a sí mismo y mi mayor deseo es vivir en una sociedad y un mundo en donde hombres y mujeres se encuentren plenamente realizados.

El problema es que en aras de rechazar una codependencia enfermiza que devalúa a las personas, ante la frustración que genera el estar esperando que la felicidad nos venga del exterior en lugar de forjarla en nuestro interior y estar depositando en los otros mi posibilidad de ser feliz, han surgido voces que desde diversas filosofías o la psicología nos han llevado al extremo opuesto, exaltando de tal manera la autorrealización y la autoestima que las han sacado de contexto y comienzan a vender la idea de que primero yo y después yo; en ambos casos falta un sano equilibrio.

Pensando en esto, recordé lo que bien decía Cristo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y me parece que no hay mejor respuesta que esa. Haciendo un paralelismo, no depositar nuestra felicidad exclusivamente en lo que el otro haga o deje de hacer, como tampoco depositar nuestra felicidad exclusivamente en el amor a nosotros mismos. Si bien la primera postura genera fuertes lazos de codependencia y negación del valor personal, la segunda nos puede dirigir a un egoísmo que busca satisfacer lo que yo quiero, cuando yo quiero y como yo lo quiero.  

Hace muchos pero muchos años, en la película Kramer versus Kramer, una madre de familia abandonaba a su hijo y a su esposo argumentando que estaba cansada de ser “de”, ya que había sido hija “de”, esposa “de” y ahora madre “de” y afirmaba: “Quiero ser mía por primera vez”; éste es el retrato de nuestro tiempo con muchas personas creyendo que el no ser “de” nadie nos llevará a autorrealizarnos y a la felicidad, cuando lo que en realidad están logrando al no ser “de” nadie es probablemente acabar siendo esclavos “de” su celular, “de” su trabajo, “de” sus pasiones o caprichos y “de” una autoexaltación de su persona.

Ciertamente existen soledades enriquecedoras, pero no por ello por regla general se han de cortar puentes al encuentro con los otros. Ya que el ser humano existe en sociedad, es una ilusión tratar de negar nuestras dependencias, en una sociedad todos dependemos de todos y el sentido último de la existencia de la sociedad es el bien común, que sólo puede generarse a través del compromiso mutuo en el que yo dependo en algunos aspectos de ti y tú dependes en otros aspectos de mí; ésta es la maravilla llamada vida en comunidad y es lo que ha hecho al ser humano lo que hoy es.

El ser humano tiene cierto grado de egoísmo por naturaleza y sabiamente la humanidad ha decidido dominarlo en aras de un bien mayor que es el bien de todos; no se puede desterrar de nosotros porque es parte de nuestra naturaleza, no tiene ningún caso negarlo o enfadarnos con él, pero si optamos por exaltarlo como medida preventiva ante las frustraciones en las relaciones personales, estaremos tomando un camino  que en nada beneficiará a los demás ni a nosotros mismos. 

¿Qué hacer con nuestras evidentes dependencias? Pues el mejor camino es conseguir que sean muchas y sean liberadoras no esclavizantes; que la madre, el padre, los hermanos, amigos y compañeros consigan por medio de una dependencia fructífera y llevada con amor hacernos y hacerse cada día mejores seres humanos. Esto es verdaderamente realizarse, ser la mejor versión posible de nosotros mismos y esa mejor versión no es ser una isla.

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