22 de Septiembre de 2018

Opinión

'Yo no fui'

Cuando los regímenes se abren a la decisión de los votantes y las personas llegan a ser parte definitoria del funcionamiento de la cosa pública, el confort de la pasividad pierde legitimidad.

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Una de las más grandes comodidades que los regímenes autoritarios representan para los ciudadanos indispuestos a confrontar al poder, cosa que puede llegar a ser de lo más sensato, es el relevo de responsabilidad: en la medida en que los actos del poder no involucran al común de las personas, y que incluso pretenderlo impone riesgos, sus resultados no suponen ningún tipo de falta por parte de éstas. Ningún ciudadano en estas condiciones tiene culpa alguna de crisis económicas o actos represivos.

Sin embargo, cuando los regímenes se abren a la decisión de los votantes, cuando los viejos sistemas de control político dejan de ser eficaces y las personas llegan a ser parte definitoria del funcionamiento de la cosa pública, el confort de la pasividad pierde legitimidad.

La democracia no es el derecho de las personas a vivir bien, ni el de tener buenos gobiernos. Ni siquiera es el solo derecho a elegir a los gobernantes, sino que impone a los ciudadanos la obligación, y con ella la responsabilidad, de dar gobierno a la sociedad. Incluso, diría yo, de ser gobierno a través de quien para ello se designa. Hace veinticinco años o más, las quejas por el desempeño autoritario y corrupto de los gobiernos descansaban sobre una base fundamental de diferenciación: ellos, los que gobiernan, actúan, se corrompen y reprimen, lo hacen sin mi consentimiento, sin mi participación, en contra de mis convicciones y mi honorabilidad. Esas mismas afirmaciones no pueden sostenerse el día de hoy.

Con enormes defectos, carencias y problemas estructurales, a diferencia de aquellos gobiernos, los actuales tuvieron todos que recibir el respaldo mayoritario de los ciudadanos en las urnas. Sus actos no son ya la responsabilidad de una gavilla que, bajo las reglas de un régimen sin elecciones reales, pilló el poder como patrimonio propio y se ceba en él hasta el hartazgo. En todo caso son los de una gavilla que fue mayoritariamente avalada por los votantes para llevar al cabo sus tropelías. Quienes las realizan son responsables de ellas, sin duda; pero también lo son los miles, cientos de miles o millones de votantes con cuyo voto alcanzaron el poder o que con su negligencia permitieron que ocurriera. La pasividad política, el “yo no fui”, se vuelve el espacio cómplice en que se da la espalda a la obligación democrática.

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