Cambios revolucionarios

¿Hasta qué punto perdemos nuestra esencia en los procesos de cambio?

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Existen diversas formas de criticar la cotidianidad y señalar los tiempos modernos como una representación de todo lo que está saliendo mal socialmente porque “en nuestros tiempos” las cosas se hacían de una manera específica y parecían funcionar bien. Cierto es que el humano procura la seguridad metódica de sus actos como instinto de supervivencia; pero, hay que decirlo, no nos gustan los cambios.

De momento, me refiero a los cambios grandes, la velocidad de las cosas, las fronteras que se han roto con la tecnología, el crecimiento apresurado de todo, el desorden de la sociedad, la urgencia personal por pertenecer y entender cómo es que la vida funciona hoy en día. Por otra parte, existen también los cambios pequeños, aquellos que corresponden a todos los ajustes que forzosamente realizamos porque quizás nuestro interior pida mirar y mostrarnos de otra forma.

En “Revolución”, del autor polaco Slawomir Mrozek, estamos ante una historia que en primera instancia pudiera parecernos superficial. Un hombre sin nombre, nos acerca a su vida contándonos cuál es la distribución de su cuarto; lo hace a través de la mención de una cama, una mesa y un armario. De estos tres aspectos, aborda cómo después de un tiempo le parecieron aburridos, que el orden parecía absorberle la energía y que era necesario realizar un cambio.

Entonces mueve los objetos, y a los pocos días los mueve de nuevo. De pronto, aumenta la urgencia por seguir cambiando el espacio hasta el punto del disparate aparente: él mismo es un agente de cambio cuando la desesperación lo lleva a dormir en el armario. Perdió el control, su revolución amueblada lo consumió.

De las pequeñas cosas pueden surgir las más profundas reflexiones. ¿Hasta qué punto perdemos nuestra esencia en los procesos de cambio? Habría que sabernos a conciencia para determinar dónde se encuentra nuestra urgencia y hacer las paces con el tiempo y con la velocidad de la vida, aprender a medir nuestros cambios y ser gentiles con nosotros mismos. Más que ir a prisa con la cotidianidad incesante; es mejor danzar con ella.

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