25 de Septiembre de 2018

Opinión

Clima y salud

El poder de la pluma

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La población de Yucatán padece un notable incremento de personas enfermas de influenza AH1N1, y entre las reacciones recientes ante este fenómeno abundan las manifestaciones de desconfianza en las cifras oficiales, señalamientos de culpabilidad al secretario de Salud, y la exigencia a las autoridades para asumir su responsabilidad. La preocupación ha derivado en manifestaciones públicas de los líderes empresariales, las organizaciones religiosas, legisladores estatales y federales.

Yo creo que la mayoría de los grandes desafíos del siglo XXI para toda la humanidad, y la salud humana es uno de ellos, precisan para ser enfrentados con éxito comprender la complejidad del origen de estos problemas globales y asumir la responsabilidad que a cada quien corresponde. Desde luego que las autoridades e instituciones directamente relacionadas tienen un protagonismo que no puede ni debe ser eludido, sin embargo la sociedad no debe tampoco descansar en la falsa satisfacción de señalar un culpable y evadir las acciones que le corresponden.

El cambio climático es una amenaza para la salud de los hombres en todo el planeta, cuyos impactos se incrementan a diario tanto en severidad como en cantidad. La creciente concentración de gases de efecto invernadero da como resultado elevación de temperaturas, cambios en las precipitaciones pluviales, aumento del nivel del mar, alteración de su composición química y muchos otras consecuencias que se constituyen en riesgos para nuestra salud, ya que afectan los alimentos que consumimos, el agua que bebemos , el aire que respiramos, el tiempo que experimentamos, y alteran nuestras interacciones con el ambiente construido y el natural.

Mientras el clima continúe cambiando, los riesgos para la salud continuarán en aumento, y afectando a todos. Nadie, en ningún sitio, puede considerarse inmune a estos efectos; la raza, posición socioeconómica, nivel cultural o educativo si acaso contribuyen a bajar el nivel de vulnerabilidad y exposición ante estas amenazas. Es evidente que algunos grupos de población son más vulnerables, y en ocasiones de manera desproporcionada, a estos riesgos, como los más pobres, las comunidades indígenas, los ancianos, las mujeres embarazadas, personas con alguna discapacidad motriz o intelectual o quienes de por sí ya padecían alguna enfermedad y las circunstancias climáticas exacerban su condición. Estos últimos requieren de la solidaridad y subsidiariedad de todos.

Las autoridades deben estar preparadas para evaluar, predecir, prevenir y atacar una situación como la que hoy afecta el sureste, pero también es preciso que, con información confiable, todos podamos contribuir a la construcción de una comunidad más resiliente y preparada, que esté alerta ante este tipo de amenazas, y dispuesta a colaborar en su solución.

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