"Salud a mis muertos"

El mexicano de ahora es diferente, no le preocupa la trascendencia en la otra vida porque ni siquiera está seguro que exista.

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El mexicano respeta a la muerte o está enamorado de ella?, ¿la acepta o simplemente la aprovecha para saberse vivo? Nuestra relación con la muerte es mucho más compleja de lo que parece, pues va más allá de un cariño o una forma de aceptar la mortalidad. Octavio Paz decía que la relación del mexicano con la muerte representa un afecto estéril, que no engendra, ya que en ningún momento se nos pide un sacrificio, al contrario de lo que sucedía en las culturas prehispánicas, donde el culto era mucho mayor y exigía un abandono de algunos aspectos en la vida terrenal.

Y es que en las antiguas culturas no existía el juego con el más allá, al contrario, el respeto que se le brindaba a la muerte era una cuestión de honor, pero sobre todo de trascendencia: los verdaderos logros de nuestro ser solamente podrían alcanzarse en la siguiente etapa del ciclo, es decir, tras la muerte.

El mexicano de ahora es diferente, no le preocupa la trascendencia en la otra vida porque ni siquiera está seguro que exista. En esta cultura somos altaneros con la muerte, bromeamos con ella como si se tratara de la tía relajada que tarde o temprano vendrá a regañarnos. Presumimos ante el mundo de lo valientes e ingeniosos que somos con “La huesuda” e incluso nos emborrachamos en sus fiestas, ¿quién no ha retado a la muerte para sentirse un poco vivo?

Cuando José G. Posada creó la ilustración que después se convertiría en nuestro símbolo de la muerte, La Catrina, su intención fue burlarse de aquellas personas que intentaban aparentar ante la sociedad algo que no eran. Sin embargo, nunca imaginó que su obra terminaría por representar al mexicano pachanguero y descarado que somos.

La verdad es que aquí la fiesta nunca acaba, ni siquiera cuando abrimos las puertas para que nuestros muertos nos visiten. ¿Quién dijo que en el más allá no se puede tomar, comer y reír? Salud a mis muertos.

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