11 de Diciembre de 2017

Opinión

Excelente consejera

Vivimos siempre en busca de reconocimiento, pero raramente nos tomamos tiempo para mirar hacia dentro.

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Acompañé recientemente a un amigo a visitar a un enfermo. Destacaba en el trayecto el temor que le asalta por su soledad, toda vez que estaba viviendo ese particular escenario. Esta situación trajo a mi memoria pasajes recorridos dentro y fuera del hospital. Terminé preguntándome: ¿la soledad es buena o mala consejera?

Los hombres somos sociales y convivimos con gran cantidad de gente. En sumadas ocasiones estamos de reunión en reunión, atentos a las redes sociales, navegando en el ciberespacio, hiperactivos e hiperconectados, encontrando en la soledad un espacio de reposo sanador. Una de las conclusiones más sorprendentes es que la soledad resulta básica para la creatividad, la innovación y el buen liderazgo. ¿Les parece esta sensación alejada de la realidad que vivimos?

Si bien desde que nacemos nos enseñan a vivir en comunión, con el paso del tiempo nos percatamos de que realmente sí estamos solos, toda vez que de las decisiones o acciones que llevemos al cabo sólo nosotros somos responsables.

“Para mí la soledad representa la ocasión de revisar nuestra gestión, de proyectar el futuro y evaluar la calidad de los vínculos que hemos construido. Es un espacio para llevar al cabo una auditoría existencial e indagar qué es esencial para nosotros más allá de las exigencias del entorno social”, asegura el filósofo Francesc Torralba.

Estamos viviendo siempre en busca de reconocimiento, pero raramente nos tomamos tiempo para mirar hacia dentro.

En nuestra sociedad, la inactividad -que surge a menudo de la soledad- despierta la culpa. Nos han preparado para realizar muchas cosas al mismo tiempo, pero es cuando estamos solos cuando podemos reflexionar sobre lo que hacemos y cómo lo hacemos. Y quiero enfatizar que cuando hablo de soledad no tiene nada que ver con la ausencia o presencia de personas, ya que, aunque estemos rodeados de gente y de formas de comunicación, existe un alto grado de aislamiento. No hay peor sensación de soledad que la que se experimenta al estar con gente.

Sólo me queda concluir que, si bien esta reflexión fue motivada por el desánimo y tristeza de un buen amigo, lo rescatable de nuestro análisis es que la soledad no tiene nada qué ver con la presencia o ausencia de semejantes alrededor. Es un estado de ánimo, una realidad, es necesaria para que pueda florecer el yo interno lleno de creatividad y riqueza intelectual. La soledad es excelente consejera.

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