14 de Diciembre de 2017

Opinión

¡Ahí viene el populismo!

La descomunal riqueza producida por el país se apropia un microscópico número de mexicanos.

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Hace un año, en un encuentro con sus homólogos canadiense y norteamericano, el presidente Peña se quejó de los “populistas” y de su pretensión de “destruir lo que ha tomado décadas construir”. Obama lo tundió. Tras referir su propia preocupación por la desigualdad en la educación, en la economía y en la salud, rechazó el uso del término para descalificar a los políticos que se preocupan por las necesidades de los más desfavorecidos. Habló específicamente de que los ricos deben pagar más impuestos para permitir que los pobres accedan a mejores condiciones de vida y criticó con fuerza las injusticias sociales prevalecientes. Cerró diciendo que, por su propia trayectoria, él podía ser considerado un populista. Sólo puedo imaginarme el desconcierto de Peña, supongo convencido de que reproduciendo el discurso de la derecha latinoamericana ganaría la simpatía de nuestros socios ricos.

El inasible populismo que hoy espanta en Latinoamérica en suplencia del maltrecho fantasma que otrora recorriera Europa es, ante todo, el producto de un modelo económico brutalmente injusto. Hace ya dos generaciones que el grueso de la población, que vive exclusivamente de su capacidad de trabajar, viene oyendo que lo importante es que la economía vaya bien, para que se formen grandes riquezas, que generarán inversiones y empleos, y con ello el bienestar general. Sólo que a la última parte nunca se llega, y de la descomunal riqueza producida por el país se apropia un microscópico número de mexicanos, mientras el resto vive igual o peor que las generaciones anteriores. En estas condiciones, la necesidad humana de cambiar el modelo económico, de eliminar la plutocracia fiscal y de, sí, limitar la opulencia para poder erradicar la miseria, ha producido amplios e innumerables esfuerzos políticos y sociales. Esta es la causa de fondo que ha fortalecido electoralmente a las distintas izquierdas latinoamericanos que, con ello, han instaurado gobiernos tan distintos en sus proyectos y en su calidad democrática como Uruguay y Venezuela.

A un año de distancia, el discurso propagandístico del gobierno sigue siendo el mismo. Pretende que cualquier esfuerzo político para el beneficio popular es un populismo que convertirá a México en otra Venezuela. Bajo esta falsa disyuntiva, la destrozada sin piedad por Obama, no hay más alternativa al populismo que el actual elitismo. El presidente ya no se roza hipócritamente con gente café, sino que juega al golf con aquellos que, tan sincera como vanamente, espera que un día lo admitan en su clase social.

En una cosa sí tiene razón Peña: es verdad que la mayoría de los mexicanos, populistas y no, queremos destruir este modelo económico inhumano que les llevó décadas imponer.

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