14 de Noviembre de 2018

Opinión

Sin mirar atrás

El poder de la pluma

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Me citaron a medio día con las especificaciones: no ropa negra, blanca o azul, no celulares ni carteras. El azul no se puede usar porque es el color que usan los internos. Llegamos, pasé el registro, me pusieron sellos fluorescentes en el antebrazo. Abrieron candados y rejas, atravesamos un largo pasillo donde varios hombres nos miraron con cierta rudeza, entramos al teatro. “Ricardo III”, el rey deforme y corrupto, el tirano sin corazón, fue representado en diversas formas: violencia, gula, lujuria, ambición, todo un combo de perversiones actuado por hombres, muchos de ellos con los rostros curtidos por la violencia. La función termina entre sonoros aplausos. La gente pregunta: ¿Realmente el teatro ayuda a la reinserción social? ¿Cómo el teatro puede hacerlos mejores personas? ¿Sí hay un compromiso real por parte de ustedes con el teatro?

Es evidente que hay compromiso y trabajo en equipo, este año cumplen diez años creando desde las entrañas de Santa Marta Acatitla. El impacto de entrar a una prisión de alta seguridad y ver un espectáculo actuado por los internos, es una experiencia recomendable. La Compañía de Teatro Penitenciario, liderada por Itari Marta, ha logrado un engranaje perfecto entre espectadores e internos. Salimos de Santa Marta, prácticamente pasé mi sábado completo en la cárcel, aunque, siendo honestos, en realidad pasé mi sábado en el teatro, un teatro muy particular, uno que se reinventa desde el encierro y que apuesta a la reinserción social a través del arte.

Estuve ahí de nuevo, estoy impartiendo un taller de dramaturgia a los internos. Cerca de la entrada había prendas de hombre tiradas en el suelo: calcetines, camisa, pantalones, sudadera azul. “Mire maestra, esa ropa que está tirada es de alguien que salió libre. Cuando uno sale de aquí, no quiere llevarse ni la ropa. Dicen que cuando uno sale de la cárcel no debe mirar atrás porque puede regresar”, me dijo Javier, un ex interno que estuvo 20 años en Santa Marta y hoy es actor. Por ellos y por las veces que he estado cerca de ese suceso teatral es que sigo abrazando la utopía de que el arte transforma el mundo. Ojalá que los actores de la Compañía de Teatro Penitenciario se abracen del teatro y que éste los haga cambiarse muchas veces de vestuario para que cuando salgan de la cárcel y abandonen el uniforme azul en la calle, nunca vuelvan a mirar atrás.

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