12 de Diciembre de 2017

Opinión

Cruzar el río Bravo

¿Qué orillan a las familias mexicanas a cruzar a Estados Unidos? Aquí una historia...

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Soy originaria de Tamaulipas, un estado que comparte un muro natural con Texas, el río Bravo, que ocupa mil 455 kilómetros de los tres mil 100 que dividen los dos países.

Los que podrían estar contando la siguiente historia corrieron con suerte y podrían ser algunos de los 5.7 millones de indocumentados mexicanos que viven hoy en Estados Unidos. Los que no, suman ya seis mil 500 inmigrantes que han muerto en la frontera desde 1998. Cualquiera de mis paisanos que cruzaron la frontera huyendo de la inseguridad o en búsqueda de una vida mejor:

Mi esposo se empezó a enfermar hace como dos años. Creo que tanto preocuparse por la falta de dinero le alteró los nervios y desde entonces está bien un día sí y otro no. Yo, por más que le hacía a diferentes chambas; vendiendo productos multinivel y dando clases de inglés, entre otras, no encontraba el sustento mínimo para bien comer, pagar la renta, mantener el carro y comprar las medicinas que él necesitaba.

Ante la situación, no me quedó otra más que deshacerme de nuestro único automóvil. Presa de la desesperación se lo dejé empeñado a la esposa del jefe de policía del pueblo, quien era prestamista. “Debes estar desesperada, pues a ella siempre se le paga”, me dijo un amigo. Luego me contó historias de cómo le mandaba la policía a quienes se ponían morosos. Pero no tenía para dónde hacerme, mi necesidad era apremiante y, además, así son las cosas en México.

Por el carro me prestó el dinero que necesitaba y un poco más. Al principio, aún con la friega de andar en transporte público, sentí un leve respiro, pues a las pocas semanas de haber ido al doctor e iniciado su tratamiento, mi esposo se compuso; hasta parecía el de antes. Nos casamos hace casi diez años; yo era de mejor clase que él, cuando menos para los estándares de nuestro pueblo. De hecho, antes de casarnos andaban tras de mí hombres con mejor posición económica.

A los dos años, Diosito nos bendijo con el nacimiento de nuestro primer angelito y un año después con un segundo. Mantener a mi familia y la enfermedad de mi esposo hicieron que cada vez nos endeudáramos más, hasta que un día, hablando por Skype con el compadre que llevaba años en Estados Unidos, nos dijo: “Vénganse pa’ acá; aun como mojado ganarías más que en México”. Ya lo habíamos pensado, pero el miedo de lanzarnos a lo desconocido y separarnos de la familia siempre nos había detenido.

Estoy cruzando, mis pies se hunden en el lecho suave del Río Bravo, a cada paso que doy, éste se hace más profundo. En mi mano, una bolsa con mi ropa y algunas pertenencias. En mi mente sólo puedo pensar en un sistema que provoca la existencia del drama de nosotros, los mojados del Río Bravo.

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