11 de Diciembre de 2017

Opinión

La casa de las bellas durmientes

¿Cómo es saberse y observar entre sueños ajenos? Este libro te lo dice...

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Miente quien diga que no vuelan destellos de los ojos cuando miramos a alguien dormir, nos soltamos y nos reconocemos en ese instante como observadores del sujeto amado. De momento agradecemos la circunstancia, y admiramos. Sean las pestañas, el cansancio del cuerpo reflejado en una boca vencida, o un espasmo corporal repentino; nos desenvolvemos cerca de quien sueña. Desarmarse.

Mirar supone respetar límites, no podemos tocar. Si nos han dado la oportunidad de mirar, no debemos romper la etiqueta. ¿Se ama más? Desvivirse por unos ojos cerrados puede que sea más fuerte que estremecerse por unos ojos despiertos. Hay palabras que se gritan a un rostro dormido, otras que encierran la ternura más pura; un estado tranquilo donde las almas danzan entre silencios que observan. Como cuando duermen nuestros abuelos, o cuando decidieron dormir eternamente. Pensemos en la fragilidad del sueño, mirar a través de él.

Yasunari Kawabata, primer escritor japonés en obtener el premio Nobel de Literatura en 1968, pensó en una novela que va en este sentido. La casa de las bellas durmientes (1961). Para Yoshio Eguchi, personaje principal, el segundo despertar de su furor amoroso llegó junto con la vejez.

Por una parte, tenía el amor intocable hacia su esposa e hijas, y por otra, un ardor naciente hacia lo que supondría el principio de una adicción que se tornaría vital.
Un amigo suyo le habló sobre un lugar exclusivo en donde podría experimentar de nuevo todos esos años en los que la vitalidad y sexualidad personal vivían reinantes en su existencia. Se trataba de una casa en donde los hombres mayores pagaban por dormir con mujeres jóvenes, cuerpos y virtudes intactas; ellas, narcotizadas e incapaces de despertar, estaban a salvo. Podría pasar la noche con ellas, verlas dormir, profanarlas estaba prohibido.

Tan sólo mirarlas, deshacerse de amor entre recuerdos que reproducía, proyecciones de su esposa, su pasado, su virilidad perdida. Los giros resultan inesperados y la incomodidad danza entre líneas; pero el arte en la historia está en la limitación. Saberse y observar entre sueños ajenos.

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