15 de Diciembre de 2017

Opinión

Los zapatos rojos

Un ensayo que desarrolla toda una proyección de vida a través de una constante recurrencia al calzado.

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Detenerse en los detalles que damos por sentado en la vida es muchas veces “perder” tiempo y permitir que el mundo se apodere de nuestro espacio mental. De momento nos encontramos dándole vuelta a una interrogante aleatoria que pudiera girar en torno a querer saber cuántas personas están bañándose a cierta hora del día o cuántas tazas de café se sirven a las siete de la tarde. Invito a no considerar estos pensamientos como pérdida de tiempo, sino como lugares seguros donde el ejercicio mental se convierte en una suerte de salto; podemos ir y llegar hasta donde deseemos.

En Los zapatos rojos, ensayo de la autora italiana Natalia Ginzburg, se desarrolla toda una proyección de vida a través de una constante recurrencia al calzado. No solamente se abre una ventana a pensar en las distintas modalidades de los zapatos, sino que dicho objeto viene a completar una imagen futura personal. Es decir, quien narra o escribe, se vislumbra en años venideros y es capaz de saber qué tipo de zapatos llevará; de qué color serán, qué textura tendrán, si estarán rotos por el desgaste del tiempo o no. Hay objetos que nos acompañan en la vida: unos lentes de sol, la gorra predilecta, un portafolio que guarda recuerdos heredados o un pañuelo que nos ha consolado desde tiempo atrás.

Para la autora, los zapatos tienen una función que rompe las barreras familiares y sociales porque ha aprendido a darle significados de bienestar y circunstancias. Sus zapatos marcan su vida actual, los zapatos de sus hijos designan un futuro de bienestar y certezas de vida. Encontramos también una constante referencia hacia la aceptación social que comienza a partir de sus zapatos. Todos sabemos que la gente mira; nos miran.

Que nuestros zapatos sean un reflejo eterno de quiénes somos. Nunca dejamos de movernos, ya sea calzados o descalzos. Vamos en direcciones posibles e imposibles con la esperanza de que ese calzado termine roto de tanto andar, recorrer y pisar con la certeza de que estamos resguardados y a salvo en nuestros propios zapatos.

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