18 de Septiembre de 2018

Opinión

La santa

La espera supone un ejercicio para la disciplina personal, tendemos a medir la vida entre acontecimiento y acontecimiento, entre días y noches, entre años, entre ciclos.

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La espera supone un ejercicio para la disciplina personal, tendemos a medir la vida entre acontecimiento y acontecimiento, entre días y noches, entre años, entre ciclos. Se dice que hay quienes saben esperar, y también que hay muchos otros que han perdido la cabeza en el intento de dominar dicha disciplina. Ciertamente no es fácil, y los mayores, las almas más avanzadas, dicen entre sonrisas de sabiduría que debemos ser pacientes. De eso se trata.

La lectura que nos ocupa esta semana gira en torno a una espera que se siente casi eterna entre tintes de desesperación e identificación personal. “La santa”, de Gabriel García Márquez, cuenta la historia de Margarito Duarte, un hombre que lleva consigo el pequeño ataúd de su hija, quien había muerto muchos años atrás en un tiempo que no se nombra. En este instante, hago una pausa para advertir cordialmente que la historia trae tintes mágicos, de esos que no pueden evitar sentirse latinoamericanos.

En la aldea de Tolima, que forma parte de Los Andes colombianos, había un cementerio que pronto tendría que ser mudado para en su lugar construir una represa. Margarito, quien había perdido a su esposa y posteriormente a su hija, acudió para efectuar la mudanza de ambas. La sorpresa llega a nosotros de golpe: “La esposa era polvo”.

“En la tumba contigua, por el contrario, la niña seguía intacta después de once años. Tanto, que cuando destaparon la caja se sintió el vaho de las rosas frescas con la que la habían enterrado”.

El pueblo había sido tocado por los aires de la santidad y, naturalmente, la acción posterior fue recaudar fondos para que Margarito hiciera lo propio en nombre de todos: viajar a Roma para que el Vaticano diera fe de tan glorioso evento. Viajaron, esperaron.

Hay eventos que se cruzan como trazos en el destino de las personas, los cortan. Para Margarito y la santa, esos eventos significaron una espera eterna que no ha culminado aun cuando el último punto final del cuento ha sido puesto. Estamos cerca de ellos; a la espera.

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